jueves, 23 de octubre de 2025

El maltrato entre los abogados


Los mandamientos de Couture han quedado para decorar las paredes de los bufetes de abogados o salas de colegios profesionales, porque en la práctica lo que se observa es todo lo contrario a lo que recomienda el famoso decálogo.


El quinto mandamiento es prácticamente inexistente: Sé leal. Leal para con tu cliente, al que no debes abandonar hasta que comprendas que es indigno de ti; leal para con el adversario, aunque él sea desleal contigo; leal para con el juez, que ignora los hechos y debe confiar en lo que tú le dices, y que, en cuanto al derecho, alguna que otra vez debe confiar en el que tú le invocas.


Encontrar esto en la abogacía de este tiempo es muy difícil. El respeto y la lealtad entre los abogados es escaso. Salvo contadas excepciones de cortesía, quienes deberían ser adversarios jurídicos —que entienden que el otro también tiene sus razones—, ahora aparecen unos personajes que se convierten en enemigos automáticos de los que, ejerciendo su oficio y representando intereses opuestos, contradicen sus argumentos.


La ética profesional parece una ingenuidad en ambientes en que se retrocede a tiempos de violencia.


miércoles, 22 de octubre de 2025

Sobre la arrogancia en el derecho


Uno de los pecados que reiteradamente se cometen en este tiempo es el de la arrogancia y aunque se haya dicho antes hay que repetirlo: creer que se sabe todo, que se domina todo y que se está por encima de todos. Pero esto no es nuevo; hace bastante tiempo el ilustre jurista italiano Piero Calamandrei, al referirse a la actitud de abogados y jueces en los tribunales italianos, en su libro El elogio de los jueces, decía:

 

A veces, entre los magistrados que están sentados frente a mí, reconozco a alguno a quien como hombre no estimo mucho; sé que alguno de ellos vale como jurista menos que yo, sé que mientras me empeño en explicarle con claridad las razones de mi cliente, no alcanza a comprender lo que le digo o no quiere comprender, porque aún antes de escucharme ha resuelto no darme la razón. Con todo, cuando viste la toga, me inclino ante él con un sentimiento sincero de reverencia porque en él advierto la idea de su función: respeto al juez no por lo que es, sino por lo que debería ser. Pero al juez tampoco le sentaría mal (aunque es mucho más rara) la humildad frente al abogado, pues, aunque como defensor valga poco, representa ante el juez la idea igualmente augusta de la defensa.

 

He conocido a algunos magistrados tan pagados de sí, tan convencidos de sus desmesurados conocimientos, que miraban con desprecio a todos los abogados y sentían disminuida su dignidad al prestar atención a lo que decían. En algunos magistrados, la circunstancia de hallarse siempre situados en un plano superior al de los abogados ha engendrado, por la fuerza de la costumbre, la convicción de que hay un distinto nivel también en el orden intelectual, como ocurre a quien va en automóvil y que, aun sin darse cuenta, considera a los peatones como gentes de una raza inferior."

 

El texto no tiene desperdicio, porque sus argumentos están plenamente vigentes. Es importante que, para mejorar las buenas relaciones entre funcionarios y abogados en general, se apliquen "curas de humildad" y no vean al otro como gente de raza inferior.

 

 

 


martes, 21 de octubre de 2025

Los principios constitucionales y las nuevas tecnologías

 

El pasado jueves, al finalizar la clase abierta de la Dirección de Posgrados de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), me formularon una pregunta que no pude responder completamente por falta de tiempo. Me consultaron si la incorporación de la tecnología al proceso civil podía realizarse sin entrar en contradicción con la Constitución. Mi respuesta fue afirmativa, pero las razones no se explicaron en detalle en aquel momento.


La tecnología puede entrar en armonía con los procesos civiles, facilitando de manera importante su desarrollo, siempre y cuando las actuaciones no violen principios constitucionales fundamentales. Puede servir de ejemplo la situación de las llamadas "pruebas libres", reguladas en el segundo párrafo del artículo 395, que establece: “Son medios de prueba admisibles, sin juicio, aquellos que determinan el Código Civil, el presente código y otras leyes de la República. Pueden también las partes valerse de cualquier otro medio de prueba, no prohibido expresamente por la ley, y que consideren conducente a la demostración de sus pretensiones. Estos medios se promoverán y evacuarán aplicando por analogía las disposiciones relativas a los medios de prueba semejantes contemplados en el Código Civil, y en su defecto, en la forma que señala el juez.”


Tendría que añadir que, de acuerdo con lo establecido en el artículo siete del Código de Procedimiento Civil, los actos procesales se realizarán en la forma prevista en el código y en las leyes especiales. Cuando la ley no señale la forma para la realización de algún acto, serán admitidas todas aquellas que el juez considere idóneas para lograr los fines del mismo.


Decir, a priori, que una actuación puede ser inconstitucional no es fácil, porque hay que atender al caso concreto. Si se admite la incorporación de un medio de prueba y se evacúa sin cumplir con las exigencias del artículo 49 del texto constitucional, al no garantizarse el debido proceso, es obvio que esta actuación estará viciada. Pero si la incorporación de la prueba se realiza garantizando a las partes su control y la contradicción, y la misma es valorada conforme a la sana crítica y la lógica que esta exige, no hay ninguna razón para sostener que la actividad probatoria esté prohibida por la Carta Magna.


Podemos dar un ejemplo: si, en el curso de un juicio, una de las partes quiere demostrar la ubicación de un inmueble, y en vez de promover el traslado del tribunal para determinar sus linderos con lujo de detalles, promueve la información de una página web que publica mapas satelitales. Esto no sería ningún problema, siempre que se den, como se dijo anteriormente, las garantías constitucionales para el control, la contradicción y la incorporación de la prueba.


miércoles, 21 de mayo de 2025

La frondosidad de las sentencias en los años 90

Uno de los mayores pecados que podía cometer un juez a principio de la década de los 90, era escribir mucho. La idea de que las sentencias tenían que ser cortas, sencillas y comprensibles para los ciudadanos comunes, nacía de la exposición de motivos del código de 1986, (que todavía sobrevive a pesar de los ataques que sufre) dónde se instaba a acabar con las extensas narrativas, que reproducen de manera absurda, las actuaciones que constaban en el expediente.

En aquellos días, el Consejo de la Judicatura supervisaba el estilo de los jueces, sin involucrarse en su autonomía e independencia, haciéndole observaciones sobre la forma en que redactaba  las decisiones.  Recuerdo que en una oportunidad, recibí un oficio firmado por el  magistrado José Rafael Mendoza, donde me decía que, "consideraba que mis decisiones eran buenas, pero que debía “evitar la  frondosidad”,  citando inútilmente algunas disposiciones legales".

Para comprender esto, hay que colocarse en el tiempo en que se produce lo que se narra. En la

década de los 80, y a principios de los 90, los tribunales  eran prácticamente artesanales: casi todo se hacía a mano, porque además del manuscrito de los libros del Tribunal, las máquinas de escribir,  en su mayoría, eran  mecánicas, considerándose un avance del  progreso de la época, las máquinas eléctricas e inclusive las primeras computadoras  que llegaron después, y sólo eran utilizadas como procesadoras de palabras. Por lo tanto, muchas veces extenderse, copiando citas era perder el tiempo.

Ni siquiera las mentes más futuristas, podían imaginar en aquel tiempo, que en el futuro, copiar  no sería un problema,  porque con tocar una tecla, se puede añadir a cada párrafo,  el texto de una norma o una cita jurisprudencial. Y así,  no debe extrañar que, hasta las sentencias más sencillas tengan más de 30 páginas, con el argumento de qué tienen que ir bien fundamentadas, llegando al absurdo, de reproducir argumentos indiscutibles que inclusive forman parte del sentido común de la sociedad.

El problema,  es que ayer se pensaba en el lector, y hoy parece que eso no se toma consideración. Me preguntaba con asombro un profesor de la  UCAB, especialista en lenguaje y redacción: ¿Para quien escribe los jueces? Es imposible que un lego en materia jurídica no se pierda en la lectura de una sentencia y no tenga que buscar asistencia especializada que se la traduzca. Ni el lector más agudo, puede sobrevivir en esa aguas turbias, que pueden ser amigables para los grandes iniciados, pero inaccesibles para la gente común que solicita el servicio de justicia

Entonces, pareciera  que el problema de la “frondosidad” no es de ayer, porque hoy se ha agudizado y si se quiere acercar la justicia al ciudadano, lo primero que hay que hacer, es escribir para el destinatario final de la sentencias, el que las sufre o las disfruta, y no solo para los juristas, que muchas veces sólo ven el Derecho al margen de la realidad.


miércoles, 7 de mayo de 2025

Historias del Juzgado Segundo Civil de Puerto Ordaz (el primer día)

Recientemente, una persona amiga me preguntó,¿cuando comenzó a funcionar el Juzgado Segundo Civil de Puerto Ordaz? lo llamo de esta manera, para liberarme del extenso nombre completo que hace pesada la  narración, prefiriendo el apelativo que le da  la gente. Después de dar la información oficial sobre la resolución que creó el tribunal y mi designación como primer juez, me quedé pensando que, es injusto atribuirme el carácter de pionero del juzgado, sin mencionar a todas las personas que como funcionarios tribunalicios hicieron posible, que aquel  tribunal recién creado,  comenzara a despachar a inicios de la década de los 90. Por eso, antes de que la memoria se me vaya borrando, voy a compartir algunas anécdotas de aquellos días, en que un grupo de personas puso en funcionamiento ese órgano judicial.  

Estaba participando en los Juegos Nacionales de los Colegios Abogados en la ciudad de Barquisimeto, en agosto de 1990, cuando mi esposa me informó que había llegado un telegrama, donde se me designaba como juez. Al regresar a Puerto Ordaz, fui a buscar información al Juzgado Superior  Civil que en aquellos momento se encargaba de esas gestiones administrativas. En el camino, me encontré con el popular Watson, que para aquel  tiempo, ya frecuentaba el ambiente judicial y me adelantó la noticia: “Dr lo nombraron juez del nuevo tribunal”. Ese mismo día 29 de agosto de 1990 me juramenté, para poner en funcionamiento el despacho al terminar las vacaciones judiciales y reiniciarse la actividad tribunalicia. Tuve que ir a Ciudad Bolívar, acompañado por el amigo Roberto Delgado Salazar, que ocupaba el cargo de Juez Superior Penal,  a buscar los sellos y el material oficial necesario. Y después de muchas gestiones,  en un pequeño local que estaba en la planta baja, enfrente de donde funcionaba la oficina administrativa, del Consejo de la Judicatura, desde la nada,  instalamos el Juzgado Segundo de Primera Instancia  Civil y Mercantil.

El primer día de Despacho de ese Tribunal, fue el lunes 17 de septiembre de 1990. El equipo que me acompañaba era el siguiente: secretaria Iryalidis Aray Medina , alguacil, Nelson  Peña y cómo escribientes la recordada señora Luisa, Magdalena, Hayde y María Fernanda después llegó Maribel y otros  que nombraré después. Pido disculpas por si estos recuerdos tienen alguna falla. El primer abogado que presentó un escrito en ese tribunal, fue Brígido González Valderrey, una actuación de jurisdicción voluntaria, creo  que era un título supletorio,  y el primer asunto contencioso, un amparo constitucional presentado por el abogado José Jesus Amaro Lopez, en representación de un estudiante que, invocando el derecho al estudio, denunciaba que no se le quería entregar el título, por no pagar los derechos de graduación

Así de manera resumida fue el primer día  del Juzgado Civil de Puerto Ordaz. He querido escribir esta pequeña crónica como homenaje, a los amigos que me acompañaron para protagonizar los inicios de esa historia judicial. Muchos de ellos ya no nos acompañan en este lado de la existencia, otros están jubilados o trabajando a lo lejos. Más  adelante, seguiré contando cosas qué ocurrieron en el tiempo, que me tocó estar a cargo de ese despacho judicial.

Los abogados tenemos  el problema, de qué, todo lo humano queremos transformarlo en jurídico, como si lo jurídico pudiera  existir sin  lo humano. Por eso, cuando me preguntaron,  sobre el comienzo del funcionamiento del Juzgado Segundo Civil en  Puerto Ordaz,  me acordé de aquel día, en  que, con mucho nerviosismo, un grupo de personas,  comenzaron a despachar, sin saber que 35 años después se estaría  recordando aquel momento.


jueves, 27 de febrero de 2025

El drama de los emigrantes entre el costumbrismo y la Aporofobia

La bochornosa humillación que sufrió  el comediante venezolano George Harris en el festival de Viña del Mar, ha  provocado un debate entre quiénes consideran que los chilenos están cargados de xenofobia hacia los venezolanos y, por otro lado, quiénes creen que se exagera el problema, para justificar el rechazo del público al mal trabajo de un comediante que llegó al prestigioso evento a echar chistes malos.

No voy a opinar sobre una discusión que principalmente se desarrolla en términos irracionalmente maniqueos. Voy aprovechar la oportunidad para referirme a cosas que desafortunadamente parecen perseguir a los venezolanos, que ante la crisis de su país, salen a buscar  futuro en el extranjero:   el problema del costumbrismo, comentado por el historiador Israelí  Yuval Noah Harari y la tesis de la Aporofobia que desarrolla la profesora española Adela Cortina. Estos pensadores contemporáneos al referirse al problema de la xenofobia u odio a los extranjeros, hacen una precisión sobre el origen de ese sentimiento, resaltando por una parte el costumbrismo, que es el rechazo a la manera de ser de algunas personas  extranjeras y la Aporofobia qué es el rechazo al  extranjero que no tiene dinero: el musiú pobre, como le decían cariñosamente en Ciudad Bolivar

En referencia al costumbrismo, me pregunto ¿qué es lo que molesta de la manera de ser del venezolano? Más allá del abucheo de galería ¿cómo nos ven los chilenos? Voy  a citar, parcialmente la opinión de la famosa escritora  chilena Isabel Allende, que ante la necesidad de salir al exilio después de la caída de Salvador Allende, decide  radicarse a vivir en Caracas.  En su libro, Mi  país inventado, entre otras cosas escribe lo siguiente: para nosotros, que habíamos pasado por la crisis económica del gobierno de la Unidad  Popular, en que el papel higiénico era un lujo, y que llegábamos escapando de una tremenda represión, Venezuela nos paralizó de asombro. No podíamos asimilar el ocio, el despilfarro y la libertad de ese país. Los chilenos, tan sobrios, tan serios, prudentes y amantes de los reglamentos y de la legalidad, no entendíamos la alegría desbocada ni la indisciplina. Acostumbrados a los eufemismos, nos sentíamos ofendidos por la franqueza. Éramos varios miles y muy pronto se sumaron aquellos que escapaban de la guerra sucia en Argentina y Uruguay. Algunos llegaban con huellas recientes de cautiverio, todos con aire de derrotados... No entendía el temperamento de los venezolanos, confundía su profundo sentido igualitario con malos modales, su generosidad con pedantería, su emotividad con inmadurez. Venía de un país donde la violencia se había institucionalizado, sin embargo me chocaba la rapidez con que los venezolanos perdían el control y se iban a las manos. No conocía a las costumbres; ignoraba, por ejemplo, que rara vez dicen que no, porque lo consideran rudo, prefieren decir "vuelva mañana"… en Venezuela, tierra espléndida de hombres asertivo y mujeres hermosas, me libré por fin de la disciplina de los colegios ingleses, el rigor de mi abuelo, la modestia chilena y los últimos vestigios de esa formalidad en que como buena hija de diplomáticos me habían criado. Por primera vez me sentía a gusto en mi cuerpo y dejó de preocuparme la opinión ajena.

Así describe Isabel Allende aquellos años 70 en la ciudad de Caracas, donde  comenzó su carrera literaria con la Carta al Abuelo, que después se transformó en La casa de los espíritus, compartiendo con la gente venezolana, que con sus virtudes y sus defectos, era sincera, cariñosa y solidaria con las personas que llegaban de otros países. Cosa que ahora no encuentran fácilmente los venezolanos que emigran a otros lugares de este mundo ingrato y perverso.

El otro problema que debe enfrentar el emigrante de ahora es la Aporofobia, definida así por Adela Cortina: “en un mundo construido sobre el contrato político, económico y social, los pobres parecen quebrar el juego de dar y recibir, y por eso prospera la tendencia a excluirlos. El problema no es de xenofobia, puesto que la acogida entusiasta de turistas extranjeros contrasta con el rechazo de refugiados e inmigrantes. Hablamos de Aporofobia de rechazo al pobre. Es el pobre el que molesta, incluso el  de la propia familia”  En un espacio  tan reducido no me voy a extender en el análisis de este tema, sobre el que hay que caminar con mucho cuidado para no resbalar; quien quiera tener mayor información le recomiendo la lectura del trabajo de Adela Cortina. Y destaco, que no  me refiero a la naturaleza aporófoba de algunas normas de emigración o la conducta de las autoridades que las aplican, quiero llamar la atención sobre un problema moral, que se instala en la mente de quiénes no tienen autonomía de criterio ético, para comprender la satanización deliberada, de qué es víctima el emigrante pobre, que lo único que hace es  buscar una mejor manera de vivir.

Ese es el drama de los emigrantes venezolanos: vivir con el riesgo y la angustia permanente de ser víctimas del rechazo, la humillación, el desprecio o la deportación. Una injusta situación, que no se merecen quienes nacieron en un país, que con gran generosidad acogió a gente de todas partes del mundo, permitiéndoles tener una vida digna, que ahora, las circunstancias parece negarle a los sufridos hijos de Bolivar.


jueves, 28 de noviembre de 2024

“BELLO ANTE LA SOBERBIA CONTEMPORÁNEA


“Nada tan miserable ni tan soberbio 

como el hombre” (Anónimo) 

La  Escuela de Ingeniería Civil, conjuntamente con la  Dirección de Extensión Social, me han invitado gentilmente a participar en el evento Andrés Bello Académico, que se celebra en el marco de la conmemoración que hace anualmente la Universidad Católica Andrés Bello de Guayana al epónimo de esa casa de estudios. Hace 17 años, el 29 de noviembre de 2007, en un acto similar, me tocó dirigir unas palabras a los miembros de la Escuela de Derecho: el tema seleccionado para aquel acto lo titulé Andrés Bello ciudadanía y justicia. 

Entre otras cosas, destacaba la recomendación que hacía el ilustre maestro sobre la necesaria claridad en la redacción de las leyes, que deben ser comprensibles para que los ciudadanos llamados a cumplirlas las entiendan sin ningún tipo de dudas, e igualmente, los jueces para aplicarlas puedan hacerlo con la mayor sencillez, dictando sentencias comprensibles, sin tener que apelar a profundos estudios de juristas, para descifrar el lenguaje confuso del legislador o del juzgador. Igualmente, se destacó la importancia que le atribuye el maestro al cumplimiento de las sanciones, como una acción necesaria para hacer respetar la ley, que es la expresión de la voluntad común, sobre la manera en que deben comportarse quienes forman parte de una sociedad jurídicamente ordenada.  

Hoy, voy a referirme al homenajeado del momento, relacionándolo con un problema de conducta, que se denomina la soberbia contemporánea,; problema que agobia a muchos moralistas o profesores de ética en la actualidad. El siglo  XXI comienza con grandes paradojas: al lado del asombroso progreso científico y tecnológico, nos encontramos con el repetido fracaso de los intentos que pretenden alcanzar mínimos éticos de convivencia armoniosa para las sociedades humanas. Pareciera que aquella frase de Martin Luther King, hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos, es la cruda verdad de un objetivo que parece inalcanzable 

¿Y qué tiene que ver esto con el homenaje a don Andrés Bello?. No quiero correr el riesgo de que se me incluya en la denuncia de Julien Benda (1927) conocida como La traición de los intelectuales, que considera vergonzoso, que las elites del conocimiento, en vez de defender los principios de verdad y justicia, atiendan a intereses diferentes. Por lo tanto, analizaré algunas virtudes del maestro contrastándolas con “pecados” que enturbian la vida contemporánea. 

Comenzaré con un breve comentario sobre lo que significa la llamada soberbia contemporánea; posteriormente, analizaré los perfiles de los hombres ejemplares al lado de los falsos ejemplares; más adelante, explicaré por qué considero que Andrés Bello es un hombre ejemplar, digno de ser recordado, y terminaré con mi conclusión sobre este complicado tema, donde siempre hay diferencias y coincidencias   

1ª) Breve comentario sobre la soberbia contemporánea 

Desde tiempos bíblicos la soberbia aparece como un pecado del espíritu:l origen de todos los pecados es la soberbia (Eclesiastés).Pero con el tiempo esa idea ha cambiado. José Antonio Marina en su Pequeño Tratado de Los Grandes Vicios, dedica un capítulo a la soberbia: comienza citando a Descartes: Los soberbios tratan de rebajar a todos los hombres y, siendo esclavos de sus deseos, tienen el alma incesantemente agitada por el odio, la envidia, los celos y la ira. Para el tema que me ocupa, destaco lo que dice el autor sobre la soberbia moderna: "El siglo XX ha sido testigo del triunfo de soberbios iluminados, capaces de cometer atrocidades en nombre de un futuro mejor Hitler, Stalin, Mao Zedong o Pol Pot decidieron rehacer el mundo y crear un hombre nuevo...  ahora estas ideas nos parecen viejas y enloquecidas pero determinaron la historia del siglo XX, que fue la época de la soberbia" 

En el siglo 21 las cosas no han cambiado mucho, y se puede apreciar cómo, frente al inmenso progreso tecnológico, los intentos por alcanzar acuerdos éticos para la convivencia civilizada han fracasado. ¿Cuál es la causa de esto? Ilustres pensadores denuncian que la inteligencia humana de este tiempo está contaminada por un trastorno de conducta, que califican como, neo narcisismo, arrogancia o soberbia contemporánea. La psiquiatra norteamericana Bandy Senovia de la Universidad de Yale, en foro realizado en Davos en 2004, presentó una reflexión sobre el narcisismo, señalándole como una de las causas de las crisis del siglo, cuando los individuos, e inclusive, los Estados, llamados a resolverlas sufren de esta patología. Define al narcisista cómo quién: 

  • Posee un sentimiento excesivo de su propia valía, alguien que, por ejemplo, sobrevalora sus propios logros y talento, y espera, incluso sin un rendimiento que responda a esa valoración, que los demás le reconozcan como superior;  
  • Está dominado por la fantasía de un éxito, un poder y una brillantez sin límites;  
  • Constantemente necesita una admiración excesiva; se considera con derecho a un trato especialmente favorable o al cumplimiento automático de todos sus deseos, manteniendo al respecto expectativas poco razonables  
  • Muestra un comportamiento y unas actitudes arrogantes y altanera  

Sin pretender profundizar en lo que no es mi especialidad, observo que la psiquiatría, considera que el narcisismo es un trastorno del comportamiento, mientras que la arrogancia y la soberbia son actitudes que no llegan a tales extremos, aunque igualmente son criticables, porque el soberbio le cuesta ver la realidad, porque es un observador de sí mismo. 

En tiempos de globalización, el llamado pecado de la soberbia contemporánea se engrandece por la eclosión del efecto que produce las nuevas tecnologías; fenómeno que es socialmente inevitable, ambivalente, imprevisible e ingobernable y trae como consecuencia que, el hombre de hoy cree que con las herramientas que le proporciona el progreso tecnológico, puede estar por encima de todo, controlarlo todo, y además, tener derecho de recibir todo con un mínimo esfuerzo. 

2ª La soberbia y los hombres ejemplares  

Y podríamos preguntarnos, ¿acaso el pecado de la soberbia no ha sido siempre una característica en la personalidad de los sabios? José Ortega y Gasset, en una recopilación de escritos que recoge sus reflexiones entre 1916 y 1930 titulada El espectador, nos deja  un artículo titulado Moraleja no ser hombre ejemplar,  que puede servirnos para saber quien es realmente sabio y quien es un impostor. Afirma que las sociedades humanas tienen la tendencia a seguir a aquellos individuos que se convierten como modelo de vida para los demás. Y allí que los ciudadanos ejemplares siempre han sido la referencia que indica como debe ser la conducta de los hombres en las diferentes actividades que se desarrollan en la vida del grupo.  No obstante, advierte que hay una diferencia entre el verdadero hombre ejemplar y el falso ejemplar:  

“(…) el hombre verdaderamente ejemplar no se propone nunca serlo. Obedeciendo a una profunda exigencia de su organismo, se entrega apasionadamente al ejercicio de una actividad… En esa entrega inmediata, directa, espontánea a una labor consigue cierto grado de perfección, y entonces, sin que él se lo proponga, como una consecuencia imprevista, resulta ser ejemplar para otros hombres.   

En el falso ejemplar la trayectoria espiritual es de dirección opuesta. Se propone directamente ser ejemplar; en qué y cómo, es cuestión secundaria que luego procurará resolver. No le interesa labor alguna determinada; no siente en nada apetito de perfección. Lo que le atrae, lo que ambiciona es el efecto social de la perfección, la ejemplaridad. No quiere ser cazador o guerrero, ni bueno, ni sabio, ni santo. No quiere, en rigor, ser nada en sí mismo. Quiere ser para los demás, en los ojos ajenos, la norma y el modelo.  

(…) Como  él mismo es un temperamento radicalmente vanidoso y todo lo hace en vista de los demás, o, lo que es peor, convirtiéndose, al modo de Narciso, en espectador de sí mismo, propende maniáticamente a suponer dondequiera, el prurito de lucirse…” 

3ª) Andrés Bello ¿un hombre soberbio? 

Si aplicamos el perfil del falso ejemplar soberbio y vanidoso a Andrés Bello nos encontramos con que en ningún momento coincide.  Andrés Bello puede considerarse como lo que hoy se define como un perfeccionista: hasta para escribir una simple carta hacía varios borradores y después los comparaba para tener la mejor versión final; en sus escritos dejaba anchos márgenes para colocar notas en cada una de las numerosas lecturas que hacía,  porque permanentemente trataba de evitar el riesgo de la oscuridad o el error. 

En las numerosas observaciones que le hicieron a su proyecto de Código, siempre aceptaba con atención la crítica justificada que obligaba a la corrección, defendiendo lo que considera que debía mantenerse como correcto.Cuando se referían al proyecto de Código Civil como una obra exclusivamente suya, siempre aclaraba que era un trabajo de muchas personas. 

En una oportunidad, un amigo, don Florentino González, que había redactado un diccionario de derechos civil, le pidió que lo revisara, y el maestro le encontró numerosos errores, contestándole elegantemente en una carta que me permito citar parcialmente en su conclusión: 

“...No creo necesario continuar mis observaciones porque lo que he dicho hasta aquí, me da a conocer que usted no ha podido emplear en su obra todo el cuidado y meditación que eran menester: salta a la vista la precipitación con que usted ha tenido que proceder. Siento decirlo amigo mío; Pero el diccionario no me parece haber correspondido a su objeto: es probable que usted haya tenido que someterse a condiciones incompatibles con la naturaleza de la obra. Si mi juicio parece demasiado severo atribúyalo usted a la escrupulosidad que es mi deber emplear para corresponder a la confianza de usted me depositado  Sírvase presentar mis afectuosos recuerdos y los de mi mujer a su señora e hijas  

Afectísimo servidor y amigo Andrés Bello ...” 

Leí en una oportunidad a Fernando Savater que, ante la conocida frase “respeto esa opinión” aclaró, según su criterio, que las opiniones no se producen para ser respetadas, sino para ser discutidas, compartidas o rechazadas; a quien hay que respetar es a la persona que las expresa . No puede apreciarse en los escritos de Andrés Bello, -como el que se cita anteriormente-, la descalificación de la persona por encima del análisis riguroso de la obra 

No se puede perder de vista que a pesar de ser un hombre del siglo 19 es indiscutiblemente un humanista, que se manifiesta en haber dedicado gran parte de su vida al estudio y preparación del proyecto de Código Civil, que constituye todo un monumento en favor del respeto por la dignidad humana. 

Si comparamos esta manera de proceder, donde la atención en la obra y el respeto por las personas, es lo importante, independientemente de la admiración que posteriormente puedan alcanzar el autor, no tenemos ninguna duda en concluir que no se puede considerar que Andrés Bello después de la inmensa obra intelectual que realizó pueda considerarse una persona soberbia en la acepción contemporánea que se le da a la palabra. 

Conclusión  

La grandeza intelectual de Andrés Bello es indiscutible. No hay facultad en la Universidad Católica que no encuentre motivos para rendirle homenaje, porque siempre se encuentra algo que la relaciona con sus obras. En este trabajo he tratado de llamar la atención sobre lo que significa comparar a una figura de talla inmortal, con la gente de este tiempo, qué con todas las facilidades que le ofrece el progreso, corren el peligro de padecer el mal de la soberbia contemporánea  

La intención es que quien lea estas líneas, se  convenza, de  que Andrés Bello no sólo es una figura que da  prestigio con su nombre a la institución que se identifica con él,  también es una referencia orientadora para el estudiante de hoy,  por ser intelectual ejemplar, que trasciende del tiempo en que vivió y deja como ejemplo, no sólo su obra sino su vida. 

En fin, vivimos tiempos de “soberbia contemporánea”, que tiene un rostro diferente a la vieja soberbia, porque aquella muchas veces quedaba reducida a un pecado individual, mientras que la de ahora amenaza con destruir todo lo que se le oponga; principalmente, el pasado, sin advertir que los hombres de ayer, nos dejaron muchas cosas y tienen muchas cosas que decirnos como el protagonista de este evento, don Andrés Bello.