“Nada tan miserable ni tan soberbio
como el hombre” (Anónimo)
La Escuela de Ingeniería Civil, conjuntamente con la Dirección de Extensión Social, me han invitado gentilmente a participar en el evento Andrés Bello Académico, que se celebra en el marco de la conmemoración que hace anualmente la Universidad Católica Andrés Bello de Guayana al epónimo de esa casa de estudios. Hace 17 años, el 29 de noviembre de 2007, en un acto similar, me tocó dirigir unas palabras a los miembros de la Escuela de Derecho: el tema seleccionado para aquel acto lo titulé Andrés Bello ciudadanía y justicia.
Entre otras cosas, destacaba la recomendación que hacía el ilustre maestro sobre la necesaria claridad en la redacción de las leyes, que deben ser comprensibles para que los ciudadanos llamados a cumplirlas las entiendan sin ningún tipo de dudas, e igualmente, los jueces para aplicarlas puedan hacerlo con la mayor sencillez, dictando sentencias comprensibles, sin tener que apelar a profundos estudios de juristas, para descifrar el lenguaje confuso del legislador o del juzgador. Igualmente, se destacó la importancia que le atribuye el maestro al cumplimiento de las sanciones, como una acción necesaria para hacer respetar la ley, que es la expresión de la voluntad común, sobre la manera en que deben comportarse quienes forman parte de una sociedad jurídicamente ordenada.
Hoy, voy a referirme al homenajeado del momento, relacionándolo con un problema de conducta, que se denomina la soberbia contemporánea,; problema que agobia a muchos moralistas o profesores de ética en la actualidad. El siglo XXI comienza con grandes paradojas: al lado del asombroso progreso científico y tecnológico, nos encontramos con el repetido fracaso de los intentos que pretenden alcanzar mínimos éticos de convivencia armoniosa para las sociedades humanas. Pareciera que aquella frase de Martin Luther King, hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos, es la cruda verdad de un objetivo que parece inalcanzable
¿Y qué tiene que ver esto con el homenaje a don Andrés Bello?. No quiero correr el riesgo de que se me incluya en la denuncia de Julien Benda (1927) conocida como La traición de los intelectuales, que considera vergonzoso, que las elites del conocimiento, en vez de defender los principios de verdad y justicia, atiendan a intereses diferentes. Por lo tanto, analizaré algunas virtudes del maestro contrastándolas con “pecados” que enturbian la vida contemporánea.
Comenzaré con un breve comentario sobre lo que significa la llamada soberbia contemporánea; posteriormente, analizaré los perfiles de los hombres ejemplares al lado de los falsos ejemplares; más adelante, explicaré por qué considero que Andrés Bello es un hombre ejemplar, digno de ser recordado, y terminaré con mi conclusión sobre este complicado tema, donde siempre hay diferencias y coincidencias
1ª) Breve comentario sobre la soberbia contemporánea
Desde tiempos bíblicos la soberbia aparece como un pecado del espíritu:l origen de todos los pecados es la soberbia (Eclesiastés).Pero con el tiempo esa idea ha cambiado. José Antonio Marina en su Pequeño Tratado de Los Grandes Vicios, dedica un capítulo a la soberbia: comienza citando a Descartes: Los soberbios tratan de rebajar a todos los hombres y, siendo esclavos de sus deseos, tienen el alma incesantemente agitada por el odio, la envidia, los celos y la ira. Para el tema que me ocupa, destaco lo que dice el autor sobre la soberbia moderna: "El siglo XX ha sido testigo del triunfo de soberbios iluminados, capaces de cometer atrocidades en nombre de un futuro mejor Hitler, Stalin, Mao Zedong o Pol Pot decidieron rehacer el mundo y crear un hombre nuevo... ahora estas ideas nos parecen viejas y enloquecidas pero determinaron la historia del siglo XX, que fue la época de la soberbia"
En el siglo 21 las cosas no han cambiado mucho, y se puede apreciar cómo, frente al inmenso progreso tecnológico, los intentos por alcanzar acuerdos éticos para la convivencia civilizada han fracasado. ¿Cuál es la causa de esto? Ilustres pensadores denuncian que la inteligencia humana de este tiempo está contaminada por un trastorno de conducta, que califican como, neo narcisismo, arrogancia o soberbia contemporánea. La psiquiatra norteamericana Bandy Senovia de la Universidad de Yale, en foro realizado en Davos en 2004, presentó una reflexión sobre el narcisismo, señalándole como una de las causas de las crisis del siglo, cuando los individuos, e inclusive, los Estados, llamados a resolverlas sufren de esta patología. Define al narcisista cómo quién:
- Posee un sentimiento excesivo de su propia valía, alguien que, por ejemplo, sobrevalora sus propios logros y talento, y espera, incluso sin un rendimiento que responda a esa valoración, que los demás le reconozcan como superior;
- Está dominado por la fantasía de un éxito, un poder y una brillantez sin límites;
- Constantemente necesita una admiración excesiva; se considera con derecho a un trato especialmente favorable o al cumplimiento automático de todos sus deseos, manteniendo al respecto expectativas poco razonables
- Muestra un comportamiento y unas actitudes arrogantes y altanera
Sin pretender profundizar en lo que no es mi especialidad, observo que la psiquiatría, considera que el narcisismo es un trastorno del comportamiento, mientras que la arrogancia y la soberbia son actitudes que no llegan a tales extremos, aunque igualmente son criticables, porque el soberbio le cuesta ver la realidad, porque es un observador de sí mismo.
En tiempos de globalización, el llamado pecado de la soberbia contemporánea se engrandece por la eclosión del efecto que produce las nuevas tecnologías; fenómeno que es socialmente inevitable, ambivalente, imprevisible e ingobernable y trae como consecuencia que, el hombre de hoy cree que con las herramientas que le proporciona el progreso tecnológico, puede estar por encima de todo, controlarlo todo, y además, tener derecho de recibir todo con un mínimo esfuerzo.
2ª La soberbia y los hombres ejemplares
Y podríamos preguntarnos, ¿acaso el pecado de la soberbia no ha sido siempre una característica en la personalidad de los sabios? José Ortega y Gasset, en una recopilación de escritos que recoge sus reflexiones entre 1916 y 1930 titulada El espectador, nos deja un artículo titulado Moraleja no ser hombre ejemplar, que puede servirnos para saber quien es realmente sabio y quien es un impostor. Afirma que las sociedades humanas tienen la tendencia a seguir a aquellos individuos que se convierten como modelo de vida para los demás. Y allí que los ciudadanos ejemplares siempre han sido la referencia que indica como debe ser la conducta de los hombres en las diferentes actividades que se desarrollan en la vida del grupo. No obstante, advierte que hay una diferencia entre el verdadero hombre ejemplar y el falso ejemplar:
“(…) el hombre verdaderamente ejemplar no se propone nunca serlo. Obedeciendo a una profunda exigencia de su organismo, se entrega apasionadamente al ejercicio de una actividad… En esa entrega inmediata, directa, espontánea a una labor consigue cierto grado de perfección, y entonces, sin que él se lo proponga, como una consecuencia imprevista, resulta ser ejemplar para otros hombres.
En el falso ejemplar la trayectoria espiritual es de dirección opuesta. Se propone directamente ser ejemplar; en qué y cómo, es cuestión secundaria que luego procurará resolver. No le interesa labor alguna determinada; no siente en nada apetito de perfección. Lo que le atrae, lo que ambiciona es el efecto social de la perfección, la ejemplaridad. No quiere ser cazador o guerrero, ni bueno, ni sabio, ni santo. No quiere, en rigor, ser nada en sí mismo. Quiere ser para los demás, en los ojos ajenos, la norma y el modelo.
(…) Como él mismo es un temperamento radicalmente vanidoso y todo lo hace en vista de los demás, o, lo que es peor, convirtiéndose, al modo de Narciso, en espectador de sí mismo, propende maniáticamente a suponer dondequiera, el prurito de lucirse…”
3ª) Andrés Bello ¿un hombre soberbio?
Si aplicamos el perfil del falso ejemplar soberbio y vanidoso a Andrés Bello nos encontramos con que en ningún momento coincide. Andrés Bello puede considerarse como lo que hoy se define como un perfeccionista: hasta para escribir una simple carta hacía varios borradores y después los comparaba para tener la mejor versión final; en sus escritos dejaba anchos márgenes para colocar notas en cada una de las numerosas lecturas que hacía, porque permanentemente trataba de evitar el riesgo de la oscuridad o el error.
En las numerosas observaciones que le hicieron a su proyecto de Código, siempre aceptaba con atención la crítica justificada que obligaba a la corrección, defendiendo lo que considera que debía mantenerse como correcto.Cuando se referían al proyecto de Código Civil como una obra exclusivamente suya, siempre aclaraba que era un trabajo de muchas personas.
En una oportunidad, un amigo, don Florentino González, que había redactado un diccionario de derechos civil, le pidió que lo revisara, y el maestro le encontró numerosos errores, contestándole elegantemente en una carta que me permito citar parcialmente en su conclusión:
“...No creo necesario continuar mis observaciones porque lo que he dicho hasta aquí, me da a conocer que usted no ha podido emplear en su obra todo el cuidado y meditación que eran menester: salta a la vista la precipitación con que usted ha tenido que proceder. Siento decirlo amigo mío; Pero el diccionario no me parece haber correspondido a su objeto: es probable que usted haya tenido que someterse a condiciones incompatibles con la naturaleza de la obra. Si mi juicio parece demasiado severo atribúyalo usted a la escrupulosidad que es mi deber emplear para corresponder a la confianza de usted me depositado Sírvase presentar mis afectuosos recuerdos y los de mi mujer a su señora e hijas
Afectísimo servidor y amigo Andrés Bello ...”
Leí en una oportunidad a Fernando Savater que, ante la conocida frase “respeto esa opinión” aclaró, según su criterio, que las opiniones no se producen para ser respetadas, sino para ser discutidas, compartidas o rechazadas; a quien hay que respetar es a la persona que las expresa . No puede apreciarse en los escritos de Andrés Bello, -como el que se cita anteriormente-, la descalificación de la persona por encima del análisis riguroso de la obra
No se puede perder de vista que a pesar de ser un hombre del siglo 19 es indiscutiblemente un humanista, que se manifiesta en haber dedicado gran parte de su vida al estudio y preparación del proyecto de Código Civil, que constituye todo un monumento en favor del respeto por la dignidad humana.
Si comparamos esta manera de proceder, donde la atención en la obra y el respeto por las personas, es lo importante, independientemente de la admiración que posteriormente puedan alcanzar el autor, no tenemos ninguna duda en concluir que no se puede considerar que Andrés Bello después de la inmensa obra intelectual que realizó pueda considerarse una persona soberbia en la acepción contemporánea que se le da a la palabra.
Conclusión
La grandeza intelectual de Andrés Bello es indiscutible. No hay facultad en la Universidad Católica que no encuentre motivos para rendirle homenaje, porque siempre se encuentra algo que la relaciona con sus obras. En este trabajo he tratado de llamar la atención sobre lo que significa comparar a una figura de talla inmortal, con la gente de este tiempo, qué con todas las facilidades que le ofrece el progreso, corren el peligro de padecer el mal de la soberbia contemporánea
La intención es que quien lea estas líneas, se convenza, de que Andrés Bello no sólo es una figura que da prestigio con su nombre a la institución que se identifica con él, también es una referencia orientadora para el estudiante de hoy, por ser intelectual ejemplar, que trasciende del tiempo en que vivió y deja como ejemplo, no sólo su obra sino su vida.
En fin, vivimos tiempos de “soberbia contemporánea”, que tiene un rostro diferente a la vieja soberbia, porque aquella muchas veces quedaba reducida a un pecado individual, mientras que la de ahora amenaza con destruir todo lo que se le oponga; principalmente, el pasado, sin advertir que los hombres de ayer, nos dejaron muchas cosas y tienen muchas cosas que decirnos como el protagonista de este evento, don Andrés Bello.
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