miércoles, 21 de mayo de 2025

La frondosidad de las sentencias en los años 90

Uno de los mayores pecados que podía cometer un juez a principio de la década de los 90, era escribir mucho. La idea de que las sentencias tenían que ser cortas, sencillas y comprensibles para los ciudadanos comunes, nacía de la exposición de motivos del código de 1986, (que todavía sobrevive a pesar de los ataques que sufre) dónde se instaba a acabar con las extensas narrativas, que reproducen de manera absurda, las actuaciones que constaban en el expediente.

En aquellos días, el Consejo de la Judicatura supervisaba el estilo de los jueces, sin involucrarse en su autonomía e independencia, haciéndole observaciones sobre la forma en que redactaba  las decisiones.  Recuerdo que en una oportunidad, recibí un oficio firmado por el  magistrado José Rafael Mendoza, donde me decía que, "consideraba que mis decisiones eran buenas, pero que debía “evitar la  frondosidad”,  citando inútilmente algunas disposiciones legales".

Para comprender esto, hay que colocarse en el tiempo en que se produce lo que se narra. En la

década de los 80, y a principios de los 90, los tribunales  eran prácticamente artesanales: casi todo se hacía a mano, porque además del manuscrito de los libros del Tribunal, las máquinas de escribir,  en su mayoría, eran  mecánicas, considerándose un avance del  progreso de la época, las máquinas eléctricas e inclusive las primeras computadoras  que llegaron después, y sólo eran utilizadas como procesadoras de palabras. Por lo tanto, muchas veces extenderse, copiando citas era perder el tiempo.

Ni siquiera las mentes más futuristas, podían imaginar en aquel tiempo, que en el futuro, copiar  no sería un problema,  porque con tocar una tecla, se puede añadir a cada párrafo,  el texto de una norma o una cita jurisprudencial. Y así,  no debe extrañar que, hasta las sentencias más sencillas tengan más de 30 páginas, con el argumento de qué tienen que ir bien fundamentadas, llegando al absurdo, de reproducir argumentos indiscutibles que inclusive forman parte del sentido común de la sociedad.

El problema,  es que ayer se pensaba en el lector, y hoy parece que eso no se toma consideración. Me preguntaba con asombro un profesor de la  UCAB, especialista en lenguaje y redacción: ¿Para quien escribe los jueces? Es imposible que un lego en materia jurídica no se pierda en la lectura de una sentencia y no tenga que buscar asistencia especializada que se la traduzca. Ni el lector más agudo, puede sobrevivir en esa aguas turbias, que pueden ser amigables para los grandes iniciados, pero inaccesibles para la gente común que solicita el servicio de justicia

Entonces, pareciera  que el problema de la “frondosidad” no es de ayer, porque hoy se ha agudizado y si se quiere acercar la justicia al ciudadano, lo primero que hay que hacer, es escribir para el destinatario final de la sentencias, el que las sufre o las disfruta, y no solo para los juristas, que muchas veces sólo ven el Derecho al margen de la realidad.


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