Uno de los pecados que reiteradamente se cometen en este tiempo es el de la arrogancia y aunque se haya dicho antes hay que repetirlo: creer que se sabe todo, que se domina todo y que se está por encima de todos. Pero esto no es nuevo; hace bastante tiempo el ilustre jurista italiano Piero Calamandrei, al referirse a la actitud de abogados y jueces en los tribunales italianos, en su libro El elogio de los jueces, decía:
“A veces, entre los magistrados que están sentados frente a mí, reconozco a alguno a quien como hombre no estimo mucho; sé que alguno de ellos vale como jurista menos que yo, sé que mientras me empeño en explicarle con claridad las razones de mi cliente, no alcanza a comprender lo que le digo o no quiere comprender, porque aún antes de escucharme ha resuelto no darme la razón. Con todo, cuando viste la toga, me inclino ante él con un sentimiento sincero de reverencia porque en él advierto la idea de su función: respeto al juez no por lo que es, sino por lo que debería ser. Pero al juez tampoco le sentaría mal (aunque es mucho más rara) la humildad frente al abogado, pues, aunque como defensor valga poco, representa ante el juez la idea igualmente augusta de la defensa.
He conocido a algunos magistrados tan pagados de sí, tan convencidos de sus desmesurados conocimientos, que miraban con desprecio a todos los abogados y sentían disminuida su dignidad al prestar atención a lo que decían. En algunos magistrados, la circunstancia de hallarse siempre situados en un plano superior al de los abogados ha engendrado, por la fuerza de la costumbre, la convicción de que hay un distinto nivel también en el orden intelectual, como ocurre a quien va en automóvil y que, aun sin darse cuenta, considera a los peatones como gentes de una raza inferior."
El texto no tiene desperdicio, porque sus argumentos están plenamente vigentes. Es importante que, para mejorar las buenas relaciones entre funcionarios y abogados en general, se apliquen "curas de humildad" y no vean al otro como gente de raza inferior.

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