miércoles, 26 de julio de 2023

El amor por el Derecho

En días pasados, la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Andrés Bello, realizó un acto  de indiscutible exaltación de la abogacía, al reinaugurar la Sala de juicio Román Duque Corredor. Allí tuve la oportunidad de encontrarme y compartir, tanto con el homenajeado, como con el ex Decano de la Facultad Salvador Yannuzzi: dos ilustres juristas que con su quehacer profesional enaltecen el oficio, siendo referencia obligada para  estudiantes y  abogados de ayer y hoy.

Salvador fue uno de mis profesores en los últimos años del pregrado a inicio de la década de los 80. Posteriormente, me tocó tomar su lugar, dictando clases de Teoría General de la Prueba, en los postgrados extramuros que dictaba la UCAB en el interior del país. Por su calidad profesional, fue nombrado Decano de la Facultad de Derecho durante un lustro. El 5 de febrero de 2019 la Academia de Ciencias Políticas y Sociales  lo incorpora como individuo de número para ocupar el sillón número 31 y recientemente el pasado 21 de marzo de 2023 se juramentó  como miembro de la Junta Directiva para el periodo 2023-2024

Y qué decir de Román Duque Corredor: destacado abogado, juez y docente universitario. Autor de una extensa obra jurídica de profundo rigor científico, en derecho constitucional, administrativo, procesal y agrario, además de numerosos artículos y ensayos que abordan diferentes áreas del saber humano. Fue mi profesor de postgrado en el año 1992, y sus acertados comentarios sobre el Código de Procedimiento Civil de 1986 facilitaron la interpretación y aplicación del mencionado instrumento a muchos jueces y abogados. Hoy varios años después, es promotor del constitucionalismo transformador  de Karl E. klare, “un proyecto de largo plazo que busca la transformación de las instituciones políticas y sociales, en una dirección  democrática, participativa e igualitaria”

Conversar con estos personajes es comprender lo que significa el amor por el derecho que, como decía John Rawls, no es perfecto, pero es lo mejor que se ha inventado para ordenar pacíficamente la vida de los hombres. Cosa que lamentablemente no comprende ni la ciudadanía en general, ni muchos profesionales de la abogacía.

En efecto, lamentablemente, para el hombre de hoy la importancia del derecho en su vida no está debidamente valorada, porque le preocupa más que le quiten sus bienes a que le quiten sus derechos. Del mismo modo, hay abogados que no han entendido que por encima de las pretensiones personales y circunstanciales, siempre  debe estar la defensa del derecho, porque sin él no hay sociedad humana. Como decía Luis Muñoz Sabaté palabras más palabras menos, "Si el derecho desaparece, la sociedad entera desaparecería, como desaparecerían los astros sin las leyes físicas que los sostienen"

El gran reto de las escuelas de Derecho, tribunales, y colegios de abogados, es rescatar el amor por el Derecho. Cosa difícil en tiempos en que reina la banalidad de la imagen, donde hay más selfies y stickers que ideas. Pero se puede lograr, sabiendo transmitir la esencia de los valores jurídicos. Colocando como ejemplo de lo que debe ser un abogado, a  ilustres personajes que a través de la historia se han convertido en referencia indiscutible de la búsqueda de la justicia




 


miércoles, 5 de julio de 2023

Juicio a Manuel Piar visto por Rafael Marrón

El distinguido historiador guayanés Rafael Marrón me ha honrado con la tarea de dedicarle unos comentarios a su libro Piar, el juicio, uno de los trabajos de investigación histórica más importantes sobre el polémico héroe de la batalla de San Félix. Sin duda, se puede afirmar que Manuel Piar es la figura más polémica de la historia de la independencia de Venezuela; polémica que nace de la sentencia que le condena a muerte  en Angostura el 16 de octubre de 1817 ¿juicio justo o teatro para eliminar a un adversario político? Esa es la interrogante que ha quedado marcada, principalmente en el piarismo que quiere rescatar la malograda figura del prócer, culpando a Bolívar del trágico final de su gloriosa vida. El caso Piar -como lo llamaría un abogado- es tan complejo, que llega convertirse en leyenda como lo expresa la poetisa guayanesa Mimina Rodríguez Lezama en su obra Héroes y espantapájaros

 Puedo afirmar que entre la frondosidad bibliográfica que crece en torno al recuerdo de Piar, el trabajo de Rafael Marrón es uno de los menos riesgosos para no perderse buscando la verdad. El autor respeta el derecho del lector a formarse criterio por si mismo, ya que no anticipa ni pretende imponer su opinión, sino que va reproduciendo íntegramente el contenido de su investigación, principalmente sobre el juicio. No es una obra de ficción como Piar Caudillo de dos colores de Francisco Herrera Luque, donde el autor desde el primer capítulo titulado El ajusticiado de Angostura  deja clara su opinión sobre los hechos: “ lo que se debatía en el Consejo se filtró a la calle. La gente no ocultaba su indignación a pesar de los sicarios de Bolívar...” Rafael Marrón se reserva su sentir para el final, después de hacer un enjundioso estudio de la documentación más importante que  tiene a su alcance la curiosidad histórica 

¿Qué advertirá  un abogado de hoy sobre el juicio a Piar? Comenzaría con el primer error que se comete al querer valorarlo con la ética procesal contemporánea. En efecto, ahora se exige que los jueces garanticen en sus actuaciones los principios de independencia, imparcialidad, motivación y moderación; principios que son una aspiración que no han alcanzado plenamente las sociedades de hogaño. El ilustre jurista español Manuel Atienza  considera que, es muy difícil conseguir tribunales que sean absolutamente independientes, a pesar del esfuerzo que realizan organismos internacionales para lograrlo. Por  lo tanto, pensar que el Consejo de Guerra que juzgó a Piar tenía que ser  independiente tal y como se entiende hoy ese principio es un desacierto histórico.

En relación con la imparcialidad, hay que destacar que se quiso decidir con las pruebas presentadas, cotejando los alegatos de la defensa y la acusación y no por la voluntad arbitraria de los juzgadores. Por lo menos eso parece de las actas procesales que se transcriben  en la obra que comento. Que hay errores, es cierto, pero eso lo puede saber un procesalista contemporáneo que ha estudiado la esencia de la valoración racional de las pruebas y la lógica de la decisión judicial, no aquellos hombres formados más en el arte de la guerra que en el del derecho.

Es posible que la parte más oscura del juicio sea la condena, que parece desproporcionada de acuerdo con los delitos imputados a tan ilustre reo. Aquí es donde queda la mayor duda; ¿había motivos para condenar?: si; pero fusilarlo luce como una exageración. Aunque aparece nuevamente el argumento anterior: los circunstantes eran guerreros, no humanistas que cultivaban, junto al sentido de lo justo, la tolerancia, la prudencia y la moderación; valores que deben tener los jueces de hoy, y no tenían los de ayer, y menos en aquellos tiempos de crueldad bélica.

Releer nuevamente a Manuel Piar, El juicio conduce a la tentación de querer ir más allá de  lo que debe ser un comentario o presentación inicial y entrar al análisis detallado de tan apasionante tema. No voy a hacerlo, para no desconcertar al lector en el camino que traza el autor  hacia los misterios que siempre están presentes en este drama histórico  ¿Quién era realmente Piar? ¿Por qué, sus compatriotas lo condenan a muerte? ¿Qué hizo, y que representaba verdaderamente para merecer tan severo castigo?  

Invito a saborear estas páginas, porque la pluma de Rafael Marrón nos traslada con lujo de detalles a la enigmática Guayana de 1917 para seguir los pasos de Manuel Piar, desde la gloria hasta ser “crucificado en la cruz del espantapájaros para que los niños, las palomas o los colibríes le teman” como reza el canto de la poetisa.


           


viernes, 23 de junio de 2023

Atticus Finch, el abogado ideal y la Inteligencia Artificial

    
El Día del Abogado llega, al igual que en los últimos años, en medio de sentimientos encontrados:  por una parte, se dice que no hay nada que celebrar y por otro lado se insiste en que hay que  permanecer  alegres y perseverantes en la esperanza de que vendrán tiempos mejores. Como reiterado recurso motivador se recuerda a Gandhi, Luther King o Mandela; abogados emblemáticos en  la  historia de la lucha por el derecho. Pero hay un personaje del que no se habla mucho, porque no es real, sino producto de la ficción literaria y cinematográfica, que llegó a ser considerado, el héroe más importante del cine en las últimas décadas, por encima de Rocky o Indiana Jones, me refiero a Atticus Finch.

    Para saber porqué un abogado puede ser admirado, no solo por sus colegas, sino por el público de la gran pantalla, en tiempos de inteligencia artificial, le pregunté a la popularisima  ChatGPT ¿Quien es Atticus Finch?, recibiendo inmediatamente la siguiente respuesta: 

    “Atticus Finch es un personaje literario creado por el autor estadounidense Harper Lee en su novela "To Kill a Mockingbird" (Matar a un ruiseñor). Es un abogado y padre soltero que vive en la ficticia ciudad sureña de Maycomb, Alabama, durante la Gran Depresión de los años 30.
La semblanza de Atticus Finch es la de un hombre íntegro, justo y valiente. Es un hombre educado y respetado en su comunidad, que se dedica a inculcar valores morales a sus hijos y a luchar por la igualdad y la justicia en un ambiente racista y prejuicioso.
Entre las virtudes de Atticus Finch se destacan:
1. Su integridad: Atticus es un hombre honesto y recto que siempre se guía por sus principios y valores.
2. Su valentía: A pesar de las amenazas y el rechazo de su comunidad, Atticus se enfrenta a la tarea de defender a un hombre negro acusado falsamente de violación.
3. Su empatía: Atticus es un hombre compasivo y empático que trata de entender a las personas desde su perspectiva y de ponerse en su lugar.
4. Su sabiduría: Atticus es un hombre sabio que sabe cómo guiar y aconsejar a sus hijos y a las personas que le rodean.
5. Su humildad: Atticus es un hombre modesto y sencillo que no busca el reconocimiento ni la fama, sino hacer lo correcto.”

    Completamente de acuerdo con el “retrato” que hace la inteligencia artificial de Atticus, solo acotar que, Harper Lee no es “un autor” sino una afamada escritora estadounidense, que en la construcción de su personaje recoge las virtudes más importantes que debe tener, no solo un abogado, sino toda persona que quiera convivir en paz  con los demás. Tal vez por eso es admirado como un héroe de la especie humana donde pareciera que la maldad le gana la partida a la virtud
. Si se quiere conocer realmente al personaje hay que  leer Matar a un ruiseñor y no contentarse con que ChatGPT lo haga por nosotros.

    El protagonismo del día del abogado lo está acaparando en gran medida la Inteligencia Artificial; no se si por miedo o por moda: miedo a que se cumpla la profecía de Oppenheimer, de que dentro de algunos años la justicia será administrada por robots, o, por no quedarse atrás en esta competencia de quien es el que tiene la mejor aplicación. No se puede negar la importancia de la herramienta y sus peligros: me cuenta un familiar que vive en el exterior, que  es difícil encontrar a un profesional que no utilice la inteligencia artificial; el problema es que el hombre renuncie a lo más importante que tiene la mente humana: pensar por sí mismo.

    En las clases de ética que dicto actualmente, he realizado algunos experimentos al someter a la inteligencia artificial a las mismas preguntas que a los alumnos, y ante la duda ¿Puede una inteligencia artificial hacer valoraciones morales? respondió ChatGPT.

    “No, una inteligencia artificial no puede hacer valoraciones morales en el sentido humano de la palabra. Las valoraciones morales implican una comprensión profunda de los valores humanos, la cultura, la historia y la ética, y requieren la capacidad de tomar decisiones en función de estos valores. Aunque las inteligencias artificiales pueden ser programadas para seguir ciertas reglas éticas o tomar decisiones basadas en patrones, no tienen la capacidad de comprender el significado profundo de los valores humanos o de tomar decisiones éticas complejas basadas en la comprensión del contexto social y cultural.
    Además, las valoraciones morales a menudo se basan en juicios subjetivos y experiencias personales, lo que hace que sea difícil para una inteligencia artificial replicar el pensamiento y la toma de decisiones humanas. En resumen, aunque las inteligencias artificiales pueden realizar cálculos y tomar decisiones basadas en patrones y reglas, no tienen la capacidad de hacer valoraciones morales en el sentido humano de la palabra”.

    En conclusión, es importante destacar del párrafo citado, que la inteligencia artificial reconoce que no tiene la capacidad de comprender "el significado profundo de los valores humanos" que es el espinoso terreno en que tienen que moverse los abogados, y del que solo salen con buen pie las personas íntegras, como Atticus Finch, digno ejemplo de lo que debe ser un abogado.





viernes, 10 de marzo de 2023

Demasiados abogados y poca justicia

En 1926, Piero Calamandrei, ilustre jurista italiano, publica una de sus obras más destacadas: Demasiados abogados; un trabajo donde el maestro denuncia la decadencia intelectual y moral de la abogacía italiana. En el capítulo XIX  el autor recuerda con melancolía qué “un indicio de ese declive ético de los abogados italianos de aquel tiempo fueron las palabras de un inglés amigo de Italia,  quien, hablando de varias profesiones ejercitadas por los italianos, se expresa de este modo: la más popular de las profesiones civiles es la de abogado; Italia está llena de abogados, de procuradores y de leyes. Pero desgraciadamente justicia, hay muy poca…”

 Ese texto fue objeto de análisis en un reciente curso de ética profesional que dicté este verano en la Universidad Católica Andrés Bello. Allí, sin  descubrir nada nuevo, se llegó a la conclusión de que el problema planteado en aquellos años, no solo se repite ahora, sino que se vive más intensamente: específicamente en Venezuela,  hay más de 400.000 abogados y sin embargo la justicia siempre es vista como una asignatura pendiente que no se ha podido aprobar.

En medio del debate, surgió la siguiente pregunta ¿Puede sobrevivir la ética jurídica a la  crisis moral del mundo contemporáneo? Las respuestas fueron variadas e interesantes y, lamentablemente, todas se inclinaron por considerar que las elogiadas virtudes que caracterizan a un buen abogado, naufragan fácilmente en medio de una sociedad líquida como la retrata Bauman, el ocaso del deber del Lipovetsky o las ideas posthumanistas de Peter Sloterdijk  

Debo destacar como algo importante, que un curso formado por jóvenes estudiantes que todavía no han navegado las aguas del mundo judicial  considere que  poco puede hacerse ante la “normalización de la corrupción” que la sociedad acepta como cosa corriente y natural: hoy, para obtener algo, hay que proceder de manera inescrupulosa, prestando atención sólo al resultado, sin pararse a considerar la moralidad de los medios empleados para alcanzarlo. Esto, que según los cursantes abarca todas las actividades humanas, se pone en evidencia en un oficio donde se pregona la honestidad, pero en la práctica  hasta los más elevados actores del mundo jurídico actúan de una manera diferente.

Regresando a Calamandrei podemos leer en la obra antes citada:  “… aun habiendo muchos abogados y procuradores honrados y concienzudos, hay también muchos que para vivir se ven obligados a no tener ni una ni otra de esas cualidades”. Sin pretender dar lecciones de moral, ni plantear este tema con la intención de hacerme ver por encima de lo que aquí se denuncia, considero que es urgente aceptar que, casi cien años años después de la publicación del texto que inspira estas líneas, la abogacía venezolana no está a la altura de las exigencias éticas de su oficio, independientemente de que existan ilustres representantes del gremio.

Ante este oscuro panorama, no se puede esconder la cabeza y hay que llamar a las cosas por su nombre: es muy importante tener claridad de dónde estamos y hacia dónde vamos, porque lo que está en juegos es la existencia de la abogacía como oficio. Si el crecimiento de la población de abogados no mejora  la calidad de la justicia, no nos extrañemos que en un futuro esta sea administrada por las máquinas. Y esto no es ciencia ficción; ya lo destaca Andrés Oppenheimer en su libro Sálvese quien pueda al referirse a los robots que pueden sustituir a los abogados y a los algoritmos que pueden reemplazar a los jueces. 



  


jueves, 24 de noviembre de 2022

Wilmer Gil: una persona ligera

El 30 de diciembre de 2007, Javier Marías escribió un artículo titulado Personas Ligeras. Cita allí a Miguel Delibes, que al recordar a su esposa ya fallecida decía que, “ con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir” ¿Puede decirse de alguien algo más hermoso? Se preguntaba Marías en ese artículo “brutal”,  que retrata de manera magistral, el don que tienen algunas personas de iluminar con su forma de ser los oscuros momentos de la vida. Creo que esto es perfectamente aplicable a Wilmer Gil Jaime, el amigo que en la madrugada de hoy se despidió para vivir de manera diferente. 

Don Wilmer, como le decíamos cariñosamente, nació en la Clínica Neverí de San Félix, donde creció y vivió, al extremo de llegar a ocupar importantes cargos públicos. Siendo abogado, cultivaba más amigos que enemigos. Siempre sonriente y generoso, se destacó en todo lo que hizo en la vida; no solo ejerció la profesión, sino que también incursionó en la docencia universitaria, ganándose el reconocimiento y aprecio de sus alumnos , que en más de una ocasión lo escogieron como padrino de la promoción. Actualmente, además de sus numerosas actividades que debía afrontar tanto en el ejercicio de la abogacía como en la docencia, formaba parte de la directiva del Centro Italo Venezolano de Guayana, colaborando en la difícil tarea de mantener ese prestigioso espacio social,  en tiempos particularmente difíciles. Pero el éxito más importante de su vida es su familia; siempre pendiente de sus padres, su esposa, y sus hijos, que son la herencia humana que deja como testimonio de una vida ejemplar

Decía que Wilmer se despidió para vivir de una manera diferente, porque como decía José Luis Martín Descalzo, cuando una persona querida muere deja de estar en un lugar específico para vivir el los corazones de quienes siempre lo recordarán: ahora, está en los pasillos de los tribunales; las aulas de la Universidad Católica Andrés Bello de Guayana o en la Ugma; en el Centro Ítalo Venezolano, o en San Félix, recordando las anécdotas que, como decía en las citas anteriores “ayudan a aligerar la pesadumbre de vivir”. 

Un gran abrazo don Wilmer 

Datilera, 24 de noviembre de 2022 



 



sábado, 19 de noviembre de 2022

La ética de Raul Queremel Castro


Voy a retomar el sentido de este blog, dedicando algunos artículos al evento organizado por la Universidad Católica Andrés Bello  sobre la ética de las profesiones jurídicas. Evento en homenaje al abogado Raúl Queremel  Castro, coautor del Código de Ética del Abogado Venezolano vigente, lo que ha motivado a su hijo Luis Queremel Franco a trabajar en un proyecto de reforma del citado instrumento normativo; una labor necesaria e impostergable  para el futuro de la abogacía en nuestro país.

Las ponencias  estuvieron dedicadas a temas fundamentales para el ejercicio del derecho: relaciones del abogado con su cliente, los honorarios profesionales, el abogado en los tribunales, el compromiso social del  abogado, el perfil del juez y, como cierre, la presentación  del Proyecto de Código de Ética adaptado a estos tiempos, Hay que destacar que, el evento contó con la participación de cuatro paneles de estudiantes que disertaron sobre los temas tratados en la jornada.

Como dije anteriormente, voy a comentar cada ponencia en artículos separados. Aquí sólo quiero destacar la importancia del acto, que tuvo como motivo central la ética, vista desde el ejemplo de un jurista de vida intachable; porque eso es lo importante, no puede rescatarse  el valor de la ética si las palabras no van acompañadas con los hechos. En este sentido para conocer el perfil de jurista homenajeado, nada mejor que citar las palabras de Salvador Yannuzzi, Profesor emérito de la UCAB – UCV. Ex Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Andrés Bello. Individuo de Número de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales.

 “Recién graduado de abogado conocí al doctor Raúl Queremel Castro, a quien habían designado juez superior en lo civil y mercantil, en atención a que sus ejecutorias como magistrado en primera instancia eran conocidas por su rectitud y apego a la ley.

No era una persona extrovertida; sin embargo, ello no era óbice para que tratara a todos los que acudíamos al tribunal que regentaba con educación, amabilidad y respeto, lo que era correspondido por todos los que debíamos concurrir a ese juzgado. Esto fue una característica de su gestión, porque todos los que colaboraban con él, en cualquier posición, bien en la secretaría del tribunal, los amanuenses, los archivistas, alguacil y portero, tenían esa misma actitud de consideración y respeto.  

Era una persona muy precisa en cuanto a sus decisiones y recuerdo que en un caso que me correspondió tramitar en ese juzgado, ante una duda para decidir si le otorgaba eficacia a la declaración de un testigo (me enteré por la sentencia) dictó un auto para mejor proveer, lo que era bastante inusual en esa época, y después de sustanciar la diligencia ordenada consistente en practicar una inspección ocular en alguna localidad (en el sitio en el que ocurrieron los hechos), y se forme un croquis sobre los puntos que se determinen (para lo cual designó un práctico), concluyó en el fallo que el testigo era confiable, habida cuenta que desde el sitio en que se encontraba, cuando sucedieron los hechos debatidos en el proceso, podía visualizar lo que estaba ocurriendo, por lo que le otorgó eficacia a la declaración. 

La opinión generalizada de los que litigábamos en ese tiempo, al referirnos a la personalidad del juez Queremel Castro, era la de su conocimiento del Derecho, de su imparcialidad, de su equilibrio y la de su absoluta honestidad.   Por ello, considero que este homenaje que se rinde al doctor Raúl Queremel Castro, no solamente es merecido por sus dotes personales, sino al modelo de juez que encarnó.

Cuando una persona que ocupó el cargo de juez - del que es difícil salir totalmente bien parado -, es recordado de esta  manera, no hay más que añadir sobre su estatura profesional y moral. De eso trató el evento. En tiempos de tanta banalización y superficialidad, cuando las sociedades se desorientan, hay que rescatar el ejemplo de quienes fueron, y son,  referencia de lo que debe ser un buen abogado 



        









sábado, 30 de julio de 2022

La abogacía vista 41 años después



El 30 de julio de 1981, formando parte de la promoción de abogados Sebastián Artiles, recibí mi título de abogado. Mi expectativa de vida en aquel momento era muy sencilla: trabajar, casarme y formar una familia. Así regresé a mi tierra guayanesa y ejercí la profesión 10 años, hasta que el destino me llevó al cargo de juez,  que ejercí durante toda la década de los años 90, para posteriormente incorporarme a la fundación de la Universidad Católica Andrés Bello de Guayana, donde todavía me encu
entro, como en una trinchera, desde donde veo las difíciles realidades de estos tiempos. Así pues, la abogacía ha ocupado parte importante de mi vida.

Pero la abogacía es mucho más que una profesión, es una manera de ver, entender y resolver los dilemas que producen los conflictos humanos, que no envejecen ni desaparecen. Prueba de esto, la tenemos en el libro El alma de la Toga de Ángel Ossorio, escrito en el año 1919, que cien años después sus reflexiones tienen vigencia. Dice allí entre otras cosas: “La abogacía no es una consagración académica, sino una concreción profesional… quien no dedique su vida a dar consejos jurídicos y pedir justicia en los tribunales será  todo lo Licenciado que quiera, pero Abogado, no”. 

Continúa Ossorio destacando lo que a su juicio son las virtudes del abogado: “En el Abogado la rectitud de la conciencia es mil veces más importante que el tesoro de los conocimientos. Primero es ser bueno; luego, ser firme; después, ser prudente; la ilustración viene en cuarto lugar; la pericia, en el último… No. No es médico el que domina la fisiología, la patología, la terapéutica y la investigación química y bacteriológica, sino el que, con esa cultura como herramienta, aporta a la cabecera del enfermo caudales de previsión, de experiencia, de cautela, de paciencia, de abnegación… Igual ocurre con los Abogados. No se hacen con el título de Licenciado, sino con las disposiciones psicológicas, adquiridas a costa de trozos sangrantes de la vida”.

Acertadísima opinión. Después de más de 40 años de ejercer el oficio desde diferentes posiciones, estoy convencido, de que la abogacía no se puede aprender si no se vive, y esto ocurre cuando se lucha con los monstruos que salen de lo más profundo de los corazones humanos. Actualmente, en las universidades se observa como crece el desinterés por la carrera de derecho, y dentro de estas, el menosprecio por el derecho procesal,  como si los conflictos hubieran desaparecido del mundo contemporáneo. Es paradójico que los thrillers jurídicos ocupen las preferencias de la ciudadanía y el estudio del derecho pierda interés. Esto es un problema que abordaré en otro espacio, donde me ocuparé de la desorientación académica y el funcionamiento del Poder Judicial, porque la esencia de la abogacía permanece incólume, aunque persistan las dificultades que no dejan ver claramente su alma.

A lo largo de la vida,  la idea que tiene el abogado de su oficio va cambiando. Primero toma conciencia de que el “vedetismo jurídico” no es inherente a la abogacía, donde muchas veces, en la búsqueda de la justicia hay que arriesgar el “prestigio personal ” y defender  los derechos de su patrocinado sin importar el qué dirán. La abogacía no es para lucirse; si como consecuencia de la excelencia de su trabajo, el abogado destaca, muy bien, pero sin perder de vista los intereses de su representado. Lo segundo, es comprender a los justiciables, porque la perfección moral no es precisamente una característica de la naturaleza humana. En tercer lugar,  después de varios años, mirando hacia atrás, acumulando sentimientos de alegría y tristeza, con aciertos y desaciertos, entender papel  de la abogacía en la complicada comedia de la vida que, no es un oficio más, es una necesidad de las almas que sufren el dolor de la injusticia. Así la veo 41 años después.