Ayer se celebró el día Nacional del
Abogado. Ha pasado otro año y las cosas no han cambiado; a pesar de los
esfuerzos gremiales y las buenas intenciones que corren por las redes, más que en
un día festivo, nos encontramos ante una jornada de lamentos, que se
manifiestan en frases como, “No hay nada
que celebrar” “Esta profesión se acabó”, y muchas
otras que son producto de la impotencia que produce una situación donde nada
avanza y todo se derrumba.
Pero sobre esto, seguramente ya se habrá hablado bastante en el
día de ayer, y, por lo tanto, quiero
enfocarme en una perspectiva diferente: ¿Qué
significa hoy en día ser abogado? ¿Será que la fe en la justicia es una
ingenuidad inaceptable en este tiempo? Voy a tratar de responder a estas preguntas, con
la opinión de un ilustre abogado que
constituye un ejemplo para todas las generaciones de juristas: Piero
Calamandrei.
Hijo ilustre de la Toscana italiana, como
escribe Santiago Sentís Melendo, “Calamandrei
fue abogado con todas las potencias de su alma. No se redujo a patrocinar
litigantes ni a asesorar clientes. Estudió la abogacía: la función y la misión
del abogado. O mejor, sintió esa misión y vivió esa función… Por eso sus libros Demasiados Abogados y El elogio de los jueces, constituyen
la mejor descripción de la vida del abogado y el juez, enfrentándose a la lucha
diaria por la justicia, para coincidir
en la realización de esta…”
En El elogio de los jueces, dice Calamandrei
que, entre los papeles que al fallecer
dejó un viejo abogado a sus herederos, se encontró una agenda donde leíase lo siguiente: “Con tu romántica fe en la
justicia pierdes a los clientes: fervor, argumentaciones elegantes, frases
genéricas hermosas, conmovedoras o chistosas, y, de vez en cuando un himno a la
honestidad; precisión, doctrina elocuencia, literatura, moralidad, Verba
generalia: todo termina ahí. Pero tu adversario no tiene esas debilidades,
conoce otro arte. En lugar de estudiar el pleito, sabe que es menester estudiar
a los hombres que han de resolverlo; en lugar de buscar la solución en los códigos
que solo contienen formulas abstractas, hay que buscarlas en los juzgadores y
analizarlos con amor uno a uno en su vida, en sus dolores, en sus esperanzas;
encaminarlos a contra luz , a fin de descubrir en cada uno de ellos la puerta secreta;
amistades, ambiciones, enfermedades, hasta manías: la inocente tarjetica del
hombre político, el recuerdo del amigo de la infancia, la charla en el café, la
partida de naipes, la sala de recepciones de la señora una entrada para el
teatro, a veces el consejo autorizado, y así sucesivamente. El pleito entonces
está ganado, sin necesidad de perder la noche hojeando repertorios de jurisprudencia”.
Esto escribió Calamandrei en 1955. ¿Qué ha
pasado en todo este tiempo? ¿Cómo son
las cosas en la actualidad? Cuál es el “método” que se impone: se buscan
razones jurídicas para presentarlas en juicio ante el Magistrado respetando las
reglas procesales, o se prefiere la entrevista en solitario con el juez para
hacer valer “otros argumentos” como se
citan en el párrafo anterior. Concluye
el maestro Calamandrei diciendo que, para el primer caso hace falta un abogado,
para el segundo basta con un charlatán. Ese es el gran reto, tratar de que en la justicia venezolana
imperen los “Abogados” por encima de los “charlatanes”.
Las personas que no ven con buenos ojos
nuestro oficio me preguntan ¿para qué sirve los abogados? Más que exponer las numerosas razones que se
puede hacer valer para responder a esa pregunta, presento una metáfora del citado
Calamandrei que, palabras más, palabras menos dice: “Estaba un niño jugado con
un coleóptero (congorocho) y por travesura infantil, le arrancó las antenas, que son los órganos de
orientación del insecto, después lo colocó en el suelo y el animal comenzó a desplazarse en círculos tropezando
con todas las cosas. “Este cuadro me viene a la memoria cuando pienso en la
forma en que quedaría la sociedad, si, como algunos desean, se suprimieran los
abogados que son las sensibles antenas de la justicia”.
Un año
más, en que se celebra el día del
abogado en medio de un ambiente de turbulencia, provocado, entre otras cosas, por la idea de que la “justicia objetiva” es una ingenuidad inadmisible en este tiempo.
Por eso dediqué estas breves líneas a Piero Calamandrei, un abogado que es
ejemplo imperecedero del amor por la profesión y fe en la justicia. Sobre todo
esto último, porque hoy, estudiar y
ejercer la carrera de derecho, para contribuir con la búsqueda de justicia es
un acto de fe.- (twitter @zaqueoo).