miércoles, 21 de mayo de 2025

La frondosidad de las sentencias en los años 90

Uno de los mayores pecados que podía cometer un juez a principio de la década de los 90, era escribir mucho. La idea de que las sentencias tenían que ser cortas, sencillas y comprensibles para los ciudadanos comunes, nacía de la exposición de motivos del código de 1986, (que todavía sobrevive a pesar de los ataques que sufre) dónde se instaba a acabar con las extensas narrativas, que reproducen de manera absurda, las actuaciones que constaban en el expediente.

En aquellos días, el Consejo de la Judicatura supervisaba el estilo de los jueces, sin involucrarse en su autonomía e independencia, haciéndole observaciones sobre la forma en que redactaba  las decisiones.  Recuerdo que en una oportunidad, recibí un oficio firmado por el  magistrado José Rafael Mendoza, donde me decía que, "consideraba que mis decisiones eran buenas, pero que debía “evitar la  frondosidad”,  citando inútilmente algunas disposiciones legales".

Para comprender esto, hay que colocarse en el tiempo en que se produce lo que se narra. En la

década de los 80, y a principios de los 90, los tribunales  eran prácticamente artesanales: casi todo se hacía a mano, porque además del manuscrito de los libros del Tribunal, las máquinas de escribir,  en su mayoría, eran  mecánicas, considerándose un avance del  progreso de la época, las máquinas eléctricas e inclusive las primeras computadoras  que llegaron después, y sólo eran utilizadas como procesadoras de palabras. Por lo tanto, muchas veces extenderse, copiando citas era perder el tiempo.

Ni siquiera las mentes más futuristas, podían imaginar en aquel tiempo, que en el futuro, copiar  no sería un problema,  porque con tocar una tecla, se puede añadir a cada párrafo,  el texto de una norma o una cita jurisprudencial. Y así,  no debe extrañar que, hasta las sentencias más sencillas tengan más de 30 páginas, con el argumento de qué tienen que ir bien fundamentadas, llegando al absurdo, de reproducir argumentos indiscutibles que inclusive forman parte del sentido común de la sociedad.

El problema,  es que ayer se pensaba en el lector, y hoy parece que eso no se toma consideración. Me preguntaba con asombro un profesor de la  UCAB, especialista en lenguaje y redacción: ¿Para quien escribe los jueces? Es imposible que un lego en materia jurídica no se pierda en la lectura de una sentencia y no tenga que buscar asistencia especializada que se la traduzca. Ni el lector más agudo, puede sobrevivir en esa aguas turbias, que pueden ser amigables para los grandes iniciados, pero inaccesibles para la gente común que solicita el servicio de justicia

Entonces, pareciera  que el problema de la “frondosidad” no es de ayer, porque hoy se ha agudizado y si se quiere acercar la justicia al ciudadano, lo primero que hay que hacer, es escribir para el destinatario final de la sentencias, el que las sufre o las disfruta, y no solo para los juristas, que muchas veces sólo ven el Derecho al margen de la realidad.


miércoles, 7 de mayo de 2025

Historias del Juzgado Segundo Civil de Puerto Ordaz (el primer día)

Recientemente, una persona amiga me preguntó,¿cuando comenzó a funcionar el Juzgado Segundo Civil de Puerto Ordaz? lo llamo de esta manera, para liberarme del extenso nombre completo que hace pesada la  narración, prefiriendo el apelativo que le da  la gente. Después de dar la información oficial sobre la resolución que creó el tribunal y mi designación como primer juez, me quedé pensando que, es injusto atribuirme el carácter de pionero del juzgado, sin mencionar a todas las personas que como funcionarios tribunalicios hicieron posible, que aquel  tribunal recién creado,  comenzara a despachar a inicios de la década de los 90. Por eso, antes de que la memoria se me vaya borrando, voy a compartir algunas anécdotas de aquellos días, en que un grupo de personas puso en funcionamiento ese órgano judicial.  

Estaba participando en los Juegos Nacionales de los Colegios Abogados en la ciudad de Barquisimeto, en agosto de 1990, cuando mi esposa me informó que había llegado un telegrama, donde se me designaba como juez. Al regresar a Puerto Ordaz, fui a buscar información al Juzgado Superior  Civil que en aquellos momento se encargaba de esas gestiones administrativas. En el camino, me encontré con el popular Watson, que para aquel  tiempo, ya frecuentaba el ambiente judicial y me adelantó la noticia: “Dr lo nombraron juez del nuevo tribunal”. Ese mismo día 29 de agosto de 1990 me juramenté, para poner en funcionamiento el despacho al terminar las vacaciones judiciales y reiniciarse la actividad tribunalicia. Tuve que ir a Ciudad Bolívar, acompañado por el amigo Roberto Delgado Salazar, que ocupaba el cargo de Juez Superior Penal,  a buscar los sellos y el material oficial necesario. Y después de muchas gestiones,  en un pequeño local que estaba en la planta baja, enfrente de donde funcionaba la oficina administrativa, del Consejo de la Judicatura, desde la nada,  instalamos el Juzgado Segundo de Primera Instancia  Civil y Mercantil.

El primer día de Despacho de ese Tribunal, fue el lunes 17 de septiembre de 1990. El equipo que me acompañaba era el siguiente: secretaria Iryalidis Aray Medina , alguacil, Nelson  Peña y cómo escribientes la recordada señora Luisa, Magdalena, Hayde y María Fernanda después llegó Maribel y otros  que nombraré después. Pido disculpas por si estos recuerdos tienen alguna falla. El primer abogado que presentó un escrito en ese tribunal, fue Brígido González Valderrey, una actuación de jurisdicción voluntaria, creo  que era un título supletorio,  y el primer asunto contencioso, un amparo constitucional presentado por el abogado José Jesus Amaro Lopez, en representación de un estudiante que, invocando el derecho al estudio, denunciaba que no se le quería entregar el título, por no pagar los derechos de graduación

Así de manera resumida fue el primer día  del Juzgado Civil de Puerto Ordaz. He querido escribir esta pequeña crónica como homenaje, a los amigos que me acompañaron para protagonizar los inicios de esa historia judicial. Muchos de ellos ya no nos acompañan en este lado de la existencia, otros están jubilados o trabajando a lo lejos. Más  adelante, seguiré contando cosas qué ocurrieron en el tiempo, que me tocó estar a cargo de ese despacho judicial.

Los abogados tenemos  el problema, de qué, todo lo humano queremos transformarlo en jurídico, como si lo jurídico pudiera  existir sin  lo humano. Por eso, cuando me preguntaron,  sobre el comienzo del funcionamiento del Juzgado Segundo Civil en  Puerto Ordaz,  me acordé de aquel día, en  que, con mucho nerviosismo, un grupo de personas,  comenzaron a despachar, sin saber que 35 años después se estaría  recordando aquel momento.


jueves, 27 de febrero de 2025

El drama de los emigrantes entre el costumbrismo y la Aporofobia

La bochornosa humillación que sufrió  el comediante venezolano George Harris en el festival de Viña del Mar, ha  provocado un debate entre quiénes consideran que los chilenos están cargados de xenofobia hacia los venezolanos y, por otro lado, quiénes creen que se exagera el problema, para justificar el rechazo del público al mal trabajo de un comediante que llegó al prestigioso evento a echar chistes malos.

No voy a opinar sobre una discusión que principalmente se desarrolla en términos irracionalmente maniqueos. Voy aprovechar la oportunidad para referirme a cosas que desafortunadamente parecen perseguir a los venezolanos, que ante la crisis de su país, salen a buscar  futuro en el extranjero:   el problema del costumbrismo, comentado por el historiador Israelí  Yuval Noah Harari y la tesis de la Aporofobia que desarrolla la profesora española Adela Cortina. Estos pensadores contemporáneos al referirse al problema de la xenofobia u odio a los extranjeros, hacen una precisión sobre el origen de ese sentimiento, resaltando por una parte el costumbrismo, que es el rechazo a la manera de ser de algunas personas  extranjeras y la Aporofobia qué es el rechazo al  extranjero que no tiene dinero: el musiú pobre, como le decían cariñosamente en Ciudad Bolivar

En referencia al costumbrismo, me pregunto ¿qué es lo que molesta de la manera de ser del venezolano? Más allá del abucheo de galería ¿cómo nos ven los chilenos? Voy  a citar, parcialmente la opinión de la famosa escritora  chilena Isabel Allende, que ante la necesidad de salir al exilio después de la caída de Salvador Allende, decide  radicarse a vivir en Caracas.  En su libro, Mi  país inventado, entre otras cosas escribe lo siguiente: para nosotros, que habíamos pasado por la crisis económica del gobierno de la Unidad  Popular, en que el papel higiénico era un lujo, y que llegábamos escapando de una tremenda represión, Venezuela nos paralizó de asombro. No podíamos asimilar el ocio, el despilfarro y la libertad de ese país. Los chilenos, tan sobrios, tan serios, prudentes y amantes de los reglamentos y de la legalidad, no entendíamos la alegría desbocada ni la indisciplina. Acostumbrados a los eufemismos, nos sentíamos ofendidos por la franqueza. Éramos varios miles y muy pronto se sumaron aquellos que escapaban de la guerra sucia en Argentina y Uruguay. Algunos llegaban con huellas recientes de cautiverio, todos con aire de derrotados... No entendía el temperamento de los venezolanos, confundía su profundo sentido igualitario con malos modales, su generosidad con pedantería, su emotividad con inmadurez. Venía de un país donde la violencia se había institucionalizado, sin embargo me chocaba la rapidez con que los venezolanos perdían el control y se iban a las manos. No conocía a las costumbres; ignoraba, por ejemplo, que rara vez dicen que no, porque lo consideran rudo, prefieren decir "vuelva mañana"… en Venezuela, tierra espléndida de hombres asertivo y mujeres hermosas, me libré por fin de la disciplina de los colegios ingleses, el rigor de mi abuelo, la modestia chilena y los últimos vestigios de esa formalidad en que como buena hija de diplomáticos me habían criado. Por primera vez me sentía a gusto en mi cuerpo y dejó de preocuparme la opinión ajena.

Así describe Isabel Allende aquellos años 70 en la ciudad de Caracas, donde  comenzó su carrera literaria con la Carta al Abuelo, que después se transformó en La casa de los espíritus, compartiendo con la gente venezolana, que con sus virtudes y sus defectos, era sincera, cariñosa y solidaria con las personas que llegaban de otros países. Cosa que ahora no encuentran fácilmente los venezolanos que emigran a otros lugares de este mundo ingrato y perverso.

El otro problema que debe enfrentar el emigrante de ahora es la Aporofobia, definida así por Adela Cortina: “en un mundo construido sobre el contrato político, económico y social, los pobres parecen quebrar el juego de dar y recibir, y por eso prospera la tendencia a excluirlos. El problema no es de xenofobia, puesto que la acogida entusiasta de turistas extranjeros contrasta con el rechazo de refugiados e inmigrantes. Hablamos de Aporofobia de rechazo al pobre. Es el pobre el que molesta, incluso el  de la propia familia”  En un espacio  tan reducido no me voy a extender en el análisis de este tema, sobre el que hay que caminar con mucho cuidado para no resbalar; quien quiera tener mayor información le recomiendo la lectura del trabajo de Adela Cortina. Y destaco, que no  me refiero a la naturaleza aporófoba de algunas normas de emigración o la conducta de las autoridades que las aplican, quiero llamar la atención sobre un problema moral, que se instala en la mente de quiénes no tienen autonomía de criterio ético, para comprender la satanización deliberada, de qué es víctima el emigrante pobre, que lo único que hace es  buscar una mejor manera de vivir.

Ese es el drama de los emigrantes venezolanos: vivir con el riesgo y la angustia permanente de ser víctimas del rechazo, la humillación, el desprecio o la deportación. Una injusta situación, que no se merecen quienes nacieron en un país, que con gran generosidad acogió a gente de todas partes del mundo, permitiéndoles tener una vida digna, que ahora, las circunstancias parece negarle a los sufridos hijos de Bolivar.


jueves, 28 de noviembre de 2024

“BELLO ANTE LA SOBERBIA CONTEMPORÁNEA


“Nada tan miserable ni tan soberbio 

como el hombre” (Anónimo) 

La  Escuela de Ingeniería Civil, conjuntamente con la  Dirección de Extensión Social, me han invitado gentilmente a participar en el evento Andrés Bello Académico, que se celebra en el marco de la conmemoración que hace anualmente la Universidad Católica Andrés Bello de Guayana al epónimo de esa casa de estudios. Hace 17 años, el 29 de noviembre de 2007, en un acto similar, me tocó dirigir unas palabras a los miembros de la Escuela de Derecho: el tema seleccionado para aquel acto lo titulé Andrés Bello ciudadanía y justicia. 

Entre otras cosas, destacaba la recomendación que hacía el ilustre maestro sobre la necesaria claridad en la redacción de las leyes, que deben ser comprensibles para que los ciudadanos llamados a cumplirlas las entiendan sin ningún tipo de dudas, e igualmente, los jueces para aplicarlas puedan hacerlo con la mayor sencillez, dictando sentencias comprensibles, sin tener que apelar a profundos estudios de juristas, para descifrar el lenguaje confuso del legislador o del juzgador. Igualmente, se destacó la importancia que le atribuye el maestro al cumplimiento de las sanciones, como una acción necesaria para hacer respetar la ley, que es la expresión de la voluntad común, sobre la manera en que deben comportarse quienes forman parte de una sociedad jurídicamente ordenada.  

Hoy, voy a referirme al homenajeado del momento, relacionándolo con un problema de conducta, que se denomina la soberbia contemporánea,; problema que agobia a muchos moralistas o profesores de ética en la actualidad. El siglo  XXI comienza con grandes paradojas: al lado del asombroso progreso científico y tecnológico, nos encontramos con el repetido fracaso de los intentos que pretenden alcanzar mínimos éticos de convivencia armoniosa para las sociedades humanas. Pareciera que aquella frase de Martin Luther King, hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos, es la cruda verdad de un objetivo que parece inalcanzable 

¿Y qué tiene que ver esto con el homenaje a don Andrés Bello?. No quiero correr el riesgo de que se me incluya en la denuncia de Julien Benda (1927) conocida como La traición de los intelectuales, que considera vergonzoso, que las elites del conocimiento, en vez de defender los principios de verdad y justicia, atiendan a intereses diferentes. Por lo tanto, analizaré algunas virtudes del maestro contrastándolas con “pecados” que enturbian la vida contemporánea. 

Comenzaré con un breve comentario sobre lo que significa la llamada soberbia contemporánea; posteriormente, analizaré los perfiles de los hombres ejemplares al lado de los falsos ejemplares; más adelante, explicaré por qué considero que Andrés Bello es un hombre ejemplar, digno de ser recordado, y terminaré con mi conclusión sobre este complicado tema, donde siempre hay diferencias y coincidencias   

1ª) Breve comentario sobre la soberbia contemporánea 

Desde tiempos bíblicos la soberbia aparece como un pecado del espíritu:l origen de todos los pecados es la soberbia (Eclesiastés).Pero con el tiempo esa idea ha cambiado. José Antonio Marina en su Pequeño Tratado de Los Grandes Vicios, dedica un capítulo a la soberbia: comienza citando a Descartes: Los soberbios tratan de rebajar a todos los hombres y, siendo esclavos de sus deseos, tienen el alma incesantemente agitada por el odio, la envidia, los celos y la ira. Para el tema que me ocupa, destaco lo que dice el autor sobre la soberbia moderna: "El siglo XX ha sido testigo del triunfo de soberbios iluminados, capaces de cometer atrocidades en nombre de un futuro mejor Hitler, Stalin, Mao Zedong o Pol Pot decidieron rehacer el mundo y crear un hombre nuevo...  ahora estas ideas nos parecen viejas y enloquecidas pero determinaron la historia del siglo XX, que fue la época de la soberbia" 

En el siglo 21 las cosas no han cambiado mucho, y se puede apreciar cómo, frente al inmenso progreso tecnológico, los intentos por alcanzar acuerdos éticos para la convivencia civilizada han fracasado. ¿Cuál es la causa de esto? Ilustres pensadores denuncian que la inteligencia humana de este tiempo está contaminada por un trastorno de conducta, que califican como, neo narcisismo, arrogancia o soberbia contemporánea. La psiquiatra norteamericana Bandy Senovia de la Universidad de Yale, en foro realizado en Davos en 2004, presentó una reflexión sobre el narcisismo, señalándole como una de las causas de las crisis del siglo, cuando los individuos, e inclusive, los Estados, llamados a resolverlas sufren de esta patología. Define al narcisista cómo quién: 

  • Posee un sentimiento excesivo de su propia valía, alguien que, por ejemplo, sobrevalora sus propios logros y talento, y espera, incluso sin un rendimiento que responda a esa valoración, que los demás le reconozcan como superior;  
  • Está dominado por la fantasía de un éxito, un poder y una brillantez sin límites;  
  • Constantemente necesita una admiración excesiva; se considera con derecho a un trato especialmente favorable o al cumplimiento automático de todos sus deseos, manteniendo al respecto expectativas poco razonables  
  • Muestra un comportamiento y unas actitudes arrogantes y altanera  

Sin pretender profundizar en lo que no es mi especialidad, observo que la psiquiatría, considera que el narcisismo es un trastorno del comportamiento, mientras que la arrogancia y la soberbia son actitudes que no llegan a tales extremos, aunque igualmente son criticables, porque el soberbio le cuesta ver la realidad, porque es un observador de sí mismo. 

En tiempos de globalización, el llamado pecado de la soberbia contemporánea se engrandece por la eclosión del efecto que produce las nuevas tecnologías; fenómeno que es socialmente inevitable, ambivalente, imprevisible e ingobernable y trae como consecuencia que, el hombre de hoy cree que con las herramientas que le proporciona el progreso tecnológico, puede estar por encima de todo, controlarlo todo, y además, tener derecho de recibir todo con un mínimo esfuerzo. 

2ª La soberbia y los hombres ejemplares  

Y podríamos preguntarnos, ¿acaso el pecado de la soberbia no ha sido siempre una característica en la personalidad de los sabios? José Ortega y Gasset, en una recopilación de escritos que recoge sus reflexiones entre 1916 y 1930 titulada El espectador, nos deja  un artículo titulado Moraleja no ser hombre ejemplar,  que puede servirnos para saber quien es realmente sabio y quien es un impostor. Afirma que las sociedades humanas tienen la tendencia a seguir a aquellos individuos que se convierten como modelo de vida para los demás. Y allí que los ciudadanos ejemplares siempre han sido la referencia que indica como debe ser la conducta de los hombres en las diferentes actividades que se desarrollan en la vida del grupo.  No obstante, advierte que hay una diferencia entre el verdadero hombre ejemplar y el falso ejemplar:  

“(…) el hombre verdaderamente ejemplar no se propone nunca serlo. Obedeciendo a una profunda exigencia de su organismo, se entrega apasionadamente al ejercicio de una actividad… En esa entrega inmediata, directa, espontánea a una labor consigue cierto grado de perfección, y entonces, sin que él se lo proponga, como una consecuencia imprevista, resulta ser ejemplar para otros hombres.   

En el falso ejemplar la trayectoria espiritual es de dirección opuesta. Se propone directamente ser ejemplar; en qué y cómo, es cuestión secundaria que luego procurará resolver. No le interesa labor alguna determinada; no siente en nada apetito de perfección. Lo que le atrae, lo que ambiciona es el efecto social de la perfección, la ejemplaridad. No quiere ser cazador o guerrero, ni bueno, ni sabio, ni santo. No quiere, en rigor, ser nada en sí mismo. Quiere ser para los demás, en los ojos ajenos, la norma y el modelo.  

(…) Como  él mismo es un temperamento radicalmente vanidoso y todo lo hace en vista de los demás, o, lo que es peor, convirtiéndose, al modo de Narciso, en espectador de sí mismo, propende maniáticamente a suponer dondequiera, el prurito de lucirse…” 

3ª) Andrés Bello ¿un hombre soberbio? 

Si aplicamos el perfil del falso ejemplar soberbio y vanidoso a Andrés Bello nos encontramos con que en ningún momento coincide.  Andrés Bello puede considerarse como lo que hoy se define como un perfeccionista: hasta para escribir una simple carta hacía varios borradores y después los comparaba para tener la mejor versión final; en sus escritos dejaba anchos márgenes para colocar notas en cada una de las numerosas lecturas que hacía,  porque permanentemente trataba de evitar el riesgo de la oscuridad o el error. 

En las numerosas observaciones que le hicieron a su proyecto de Código, siempre aceptaba con atención la crítica justificada que obligaba a la corrección, defendiendo lo que considera que debía mantenerse como correcto.Cuando se referían al proyecto de Código Civil como una obra exclusivamente suya, siempre aclaraba que era un trabajo de muchas personas. 

En una oportunidad, un amigo, don Florentino González, que había redactado un diccionario de derechos civil, le pidió que lo revisara, y el maestro le encontró numerosos errores, contestándole elegantemente en una carta que me permito citar parcialmente en su conclusión: 

“...No creo necesario continuar mis observaciones porque lo que he dicho hasta aquí, me da a conocer que usted no ha podido emplear en su obra todo el cuidado y meditación que eran menester: salta a la vista la precipitación con que usted ha tenido que proceder. Siento decirlo amigo mío; Pero el diccionario no me parece haber correspondido a su objeto: es probable que usted haya tenido que someterse a condiciones incompatibles con la naturaleza de la obra. Si mi juicio parece demasiado severo atribúyalo usted a la escrupulosidad que es mi deber emplear para corresponder a la confianza de usted me depositado  Sírvase presentar mis afectuosos recuerdos y los de mi mujer a su señora e hijas  

Afectísimo servidor y amigo Andrés Bello ...” 

Leí en una oportunidad a Fernando Savater que, ante la conocida frase “respeto esa opinión” aclaró, según su criterio, que las opiniones no se producen para ser respetadas, sino para ser discutidas, compartidas o rechazadas; a quien hay que respetar es a la persona que las expresa . No puede apreciarse en los escritos de Andrés Bello, -como el que se cita anteriormente-, la descalificación de la persona por encima del análisis riguroso de la obra 

No se puede perder de vista que a pesar de ser un hombre del siglo 19 es indiscutiblemente un humanista, que se manifiesta en haber dedicado gran parte de su vida al estudio y preparación del proyecto de Código Civil, que constituye todo un monumento en favor del respeto por la dignidad humana. 

Si comparamos esta manera de proceder, donde la atención en la obra y el respeto por las personas, es lo importante, independientemente de la admiración que posteriormente puedan alcanzar el autor, no tenemos ninguna duda en concluir que no se puede considerar que Andrés Bello después de la inmensa obra intelectual que realizó pueda considerarse una persona soberbia en la acepción contemporánea que se le da a la palabra. 

Conclusión  

La grandeza intelectual de Andrés Bello es indiscutible. No hay facultad en la Universidad Católica que no encuentre motivos para rendirle homenaje, porque siempre se encuentra algo que la relaciona con sus obras. En este trabajo he tratado de llamar la atención sobre lo que significa comparar a una figura de talla inmortal, con la gente de este tiempo, qué con todas las facilidades que le ofrece el progreso, corren el peligro de padecer el mal de la soberbia contemporánea  

La intención es que quien lea estas líneas, se  convenza, de  que Andrés Bello no sólo es una figura que da  prestigio con su nombre a la institución que se identifica con él,  también es una referencia orientadora para el estudiante de hoy,  por ser intelectual ejemplar, que trasciende del tiempo en que vivió y deja como ejemplo, no sólo su obra sino su vida. 

En fin, vivimos tiempos de “soberbia contemporánea”, que tiene un rostro diferente a la vieja soberbia, porque aquella muchas veces quedaba reducida a un pecado individual, mientras que la de ahora amenaza con destruir todo lo que se le oponga; principalmente, el pasado, sin advertir que los hombres de ayer, nos dejaron muchas cosas y tienen muchas cosas que decirnos como el protagonista de este evento, don Andrés Bello. 


 



martes, 12 de noviembre de 2024

Comentarios sobres los problemas de genero en las parejas de ayer y hoy

Introducción 

El tema de la violencia intrafamiliar ha cobrado importancia en la actualidad. Es un problema complejo, porque desde el punto de vista general, se refiere a los problemas de poder vivir juntos, cosa que siempre tiene sus dificultades. El progreso no parece ayudar a orientar la armonía familiar, y especialmente la de las parejas, sean matrimonios, concubinatos u otro tipo de uniones estables. 

¿Por qué es tan difícil convivir?  ¿cómo explicar esas noticias que diariamente nos traen los medios de comunicación, donde el hijo mata al padre por razones banales, el hermano agrede al otro hermano, o el esposo golpea o puede llegar a matar a la pareja? Las respuestas no son fáciles y buscándolas intervienen diferentes sectores de la ciencia. Por lo tanto, no faltan voces autorizadas ni numerosos estudios que no se hayan pronunciado al respecto. 

Partiendo de los traumas sociales que se producen en esta materia, el derecho ha intentado presentar los remedios normativos necesarios para la prevención o para la sanción de todo lo que atenta contra la seguridad, dignidad o vida de las personas, mediante la promulgación y actualización permanente de la legislación, tanto sustantiva como adjetiva.  

En la década de los años 90, ocupé el cargo de juez de familia en Ciudad Guayana. Eso me convirtió en un observador de la vida, y me permitió entrar en contacto con una realidad que es muy difícil ver, porque las verdaderas razones de las crisis de parejas, normalmente quedan ocultas en una intimidad, que en la mayoría de los casos, no quiere ser revelada al acudir a un tribunal. 

Independientemente de lo que se decía en las demandas o contestaciones, me enteraba de la verdad, porque en las entrevistas que tuve con los involucrados, me contaban con lujo de detalles lo que había sucedido para que su relación terminara ante un juez de familia. En esto, debo reconocer que, eran las mujeres, más que los hombres, las que no tenían ningún tipo de escrúpulos en narrar detalladamente lo que hacía la vida insostenible 

Lo que voy a contar no son especulaciones en abstracto, fueron hechos alegados en los expedientes, sustanciados, con motivo de juicios de divorcio, o particiones de comunidades, en momentos en que estaba vigente la idea del divorcio sanción y quien quería demandar la ruptura del vínculo matrimonial, tenía que invocar una causal como motivo de disolución, que era la única forma de que la demanda fuera admisible y la sentencia declarada con un lugar. 

Para ordenar mis recuerdos y no perderme en una dispersión de ideas, he dividido esta breve  reflexión en dos partes: la primera sobre los deberes y derechos de los cónyuges, y las causales de divorcio en los juicios de ayer,  y la segunda, comparando lo vivido hace más de 25 años y lo que estamos viendo en la actualidad 

Estoy consciente de qué voy a tratar cosas que pueden dar lugar a otros artículos. Este es un primer intento de abrir un espacio de discusión sobre un problema humano que muchas veces escapa de la óptica de los especialistas, sobre todo de los juristas, porque la manera de vivir en pareja no puede reducirse a un simple objeto de estudio, es una realidad social que debe ser tratada y comprendida desde el derecho, la antropología, la historia y especialmente desde la ética 

PRIMERA PARTE: 

PROBLEMAS DE LAS PAREJAS DE AYER 

Antes de la publicación de la sentencia que estableció el criterio del divorcio por desafecto, estaba vigente la idea del divorcio sanción, que era un juicio contencioso donde uno de los cónyuges reclamaba la disolución del vínculo matrimonial invocando una causal de las establecidas en el artículo 185 del código civil. Las crisis que terminaba en los tribunales estaban relacionadas con la violación de los deberes conyugales establecidos en el artículo 137 del código civil. En aquel escenario, los viejos jueces de familia tenían que conocer de las denuncias que hacía un cónyuge contra el otro y determinar si ciertamente estaba demostrado que existía un problema que hacía insostenible la vida en común. Voy a referirme a lo que conocí en mi experiencia personal, sobre la forma en que se presentaba ante los juzgados los numerosos juicios de divorcio. 

los deberes conyugales 

Establece el artículo 137 del código civil, que: Con el matrimonio el marido y la mujer adquiere los mismos derechos y asume los mismos deberes. Del matrimonio deriva la obligación de los cónyuges de: 

vivir juntos,  

guardarse fidelidad y  

socorrerse mutuamente.   

El primer deber que deriva tanto de la unión matrimonial, como de las que pretendan formar una pareja estable, es vivir juntos. Ahora bien, qué significa vivir juntos. Equivocadamente sostenía la doctrina y la jurisprudencia que la convivencia se producía habitando bajo el mismo techo, cosa absurda ya que la vida es mucho más que la cohabitación. Viven juntos, quienes tiene un proyecto de vida común, y en ese proyecto siempre está presente el otro.  

El deber de fidelidad se refiere no sólo a no tener relaciones sexuales con una persona diferente, no era sólo el problema del amante, se trataba de no engañar, manteniendo relaciones privadas o públicas con otras personas, afectando la unidad del matrimonio, como era el caso de mantener paralelamente concubina publica y notoria 

El deber de socorro mutuo debía entenderse en sentido amplio, como el acompañamiento y la atención en toda situación o necesidad, en que un cónyuge requiera del otro. Esto debe ir más allá de la tradicional “pensión de alimentos”, que no se refería solo a lo económico, debe ser apoyo material y moral. 

Voy a citar algunos casos para explicar de qué manera se denunciaban ante el tribunal la violación estos deberes de los cónyuges establecidos en el código civil.

 El abandono voluntario 

Una las causales de divorcio que más se invocaba en aquellos años, era el abandono voluntario, considerando equivocadamente que este se producía, sólo cuando uno de los cónyuges abandonaba el hogar común sin una razón justificada. Inclusive, sólo con la autorización del juez de Familia podía uno de los cónyuges separarse del hogar común ya que de lo contrario podía ser demandado en divorcio por abandono. 

Esta interpretación fue abandonada poco a poco por la jurisprudencia, definiendo lo que significa vivir juntos qué es mucho más que simplemente cohabitar, porque se puede cohabitar y no tomar en consideración a la pareja para nada. Esto se presentaba reiteradamente en numerosos casos de ruptura de pareja, cuando la indiferencia hacia el otro, y especialmente hacia la mujer, se hacía insoportable.  

El abandono se invocaba, repetidamente como causal de divorcio para ocultar otros motivos más vergonzosos que muchas veces no quería el cónyuge demandante que llegara al conocimiento del resto de la familia. 

Se puede sostener que, el divorcio por desafecto, tan común en este tiempo, puede tener algunas semejanzas con aquella vieja causal de abandono, que se invocaba, Cuando se perdía totalmente el vínculo sentimental necesario para la unión de la pareja 

Los excesos que hacen imposible la vida en común 

Al lado del abandono voluntario, cuando la situación era insostenible por la conducta de alguno de los cónyuges, se invocaba como causal los excesos que hacían imposible la vida en común. Aquí no se pretendía ocultar las verdaderas razones de la crisis, sino que se exponían para solicitar medidas cautelares de protección.  

Destaco en primer lugar, las circunstancias nocivas que producían las adicciones. Sobre esto se podían observar dos tipos de adiciones: las graves tradicionalmente conocidas como la adicción al alcohol o a las sustancias estupefacientes a que se refiere la causal número cinco de divorcio, y otras adiciones menos graves pero que igualmente alteraban la vida en común, como la adicción al sexo, que desequilibra una unión familiar, y tenía como forma de manifestación, la obsesión por  la pornografía, o frecuentar lugares de striptease o burdeles que abundaban en la ciudad.  

Igualmente aparecía como elemento perturbador la adicción al juego que no solo apartaba al cónyuge de sus obligaciones familiares durante un tiempo considerable, sino que también ponían en peligro el patrimonio familiar 

  Menos frecuentes, aunque de mayor gravedad se presentaba las humillaciones al cónyuge, especialmente hacia la esposa llegando al menos precio verbal o maltrato físico no sólo privadamente sino también en forma pública

Estilos de vida incompatibles 

Había problemas conyugales que se alegaban, pero no se les daba la importancia que tenían por considerarlos de  menor importancia. Se destacaba la manera de ser de ser diferente. En un caso específico encuadrándolo en la causal tercera de los excesos la cónyuge solicitaba el divorcio por considerar imposible convivir, porque si bien su esposo no la trataba mal ni la desatendía tenía, según sus dichos la mala costumbre de no hacer respetar la intimidad familiar y constantemente compartía con sus amigos, tomando tragos, jugando truco, viendo eventos deportivos por la televisión, sin tomar en consideración el malestar que le producía que personas extrañas a cualquier hora utilizarán su baño o sus habitaciones. Al lado de lo anterior se invocaba como desatención  a deberes conyugales lo referente a la higiene personal, la limpieza del hogar etc. 

Leyendo con detenimiento, la manera en que se redactaba los hechos, se podía apreciar la dificultad de formar pareja entre personas que no tenían costumbres de vida culturalmente compatibles. Esto se observaba no sólo entre parejas de familias de nacionalidad distinta, sino entre miembros de diferentes sectores de la ciudad e inclusive de diferentes clases económicas.

 Las infidelidades 

La infidelidad era un motivo oculto, porque si bien era la causa real el conflicto matrimonial no se alegaba por la dificultad de probar la relación íntima del cónyuge con otra persona. No obstante, en los pocos casos que se invocó la causal primera del artículo 185 del código civil, se fundamentaba como hecho el reconocimiento de los llamados hijos adulterios, es decir los que procreaba uno de los cónyuges con otra persona ajena al matrimonio o la existencia de una relación concubinaria pública y notoria.  

Igualmente, y como motivo de infidelidad que sustentaba la causal de adulterio recuerdo un caso en que el demandante alegaba que la esposa mantenía contacto mediante cartas amorosas con otra persona, en las que con niveles de detalle se describía una relación íntima.   

Uno de los casos más extraños, quizá el único que recuerdo en que el avance tecnológico se veía involucrado en una causa de adulterio, fue el de un esposo que no podía procrear, demandó por adulterio a la esposa que se practicó una inseminación artificial, sin su consentimiento para salir en estado 

La violación al deber de guardarse fidelidad es una de las causas más comunes. Como expliqué en el párrafo anterior, no aparece repetidamente entre los motivos de divorcio.  Ya que, tanto en el pasado como en la actualidad, el cónyuge ofendido invoca como causa de la pretensión de ruptura matrimonial el desafecto, para no exponer a los ojos de su familia e inclusive del círculo de allegados un motivo tan vergonzoso 

El desamparo 

Uno de los motivos más delicados, pero poco invocados es la violación del deber del socorro mutuo. Esto se producía cuando la necesidad de uno de los cónyuges era ignorada por el otro al no suministrarle ni la atención ni los recursos necesarios para enfrentar una enfermedad o cualquier otra situación apremiante Esta situación, guarda relación con la polémica causal de divorcio número 7 del citado articulo 185,  que establece como motivo de divorcio la enfermedad mental del cónyuge, cosa que a juicio de muchos interpretes, es algo inhumano e injusto, por que en esa situación el conjugue no debe ser abandonado por su pareja.   

SEGUNDA PARTE: 

LOS PROBLEMAS DE LAS PAREJA DE HO 

Los juicios de divorcio tal y como los he contado en la primera parte, se puede decir que ya no existen. El Tribunal Supremo de Justicia por vía jurisprudencial cambia el sentido de los procedimientos tendientes a la disolución del vínculo matrimonial. Considera que cuando el afecto que une a la pareja desaparece, no tiene sentido mantener la relación. Así, basta invocar el desafecto para que el Tribunal de manera rápida con citación de la otra parte decrete la sentencia de divorcio. 

Ahora ya no es necesario que el demandante invoque uno de los hechos que mencioné anteriormente y tenga la desagradable necesidad de demostrarlo, llevando a juicio a personas allegadas que, conociendo los problemas de la vida matrimonial, declaran ante el juez, evidenciando la mala conducta de uno de los cónyuges, que fue la causa  del fracaso del proyecto matrimonial. 

Antes el divorcio era un juicio ante un funcionario especializado como era el juez de Familia, que muchas veces tenía estudios de posgrado en los temas que debía atender en el juzgado. Ahora el divorcio es un trámite. No hay problemas probatorios, basta con alegar el desafecto para que en menos tiempo que en el pasado, los cónyuges, o el cónyuge demandante se libere de la carga que constituye una relación obligada. Lo único que no resuelve  el desafecto es el problema de la condenación a presidio o la enfermedad mental.

Ahora los problemas conyugales no se ventilan ante los tribunales, los encargados de ellos son los coaching en materia de familia, psicólogos o psiquiatras de acuerdo con la gravedad del caso. Los especialistas en relaciones o terapistas de conducta sustituyen a los especialistas en conflictos. Esto es lo que pareciera, aunque no es del todo como parece. 

Los antiguos jueces de Familia tenían que atender conflictos conyugales prácticamente irreversibles; si bien es cierto que en separación de cuerpo o juicios de divorcio instaban a la reconciliación, esto fue desapareciendo poco a poco, porque la mayoría de los casos cuando el problema entraba al conocimiento del funcionario judicial la relación ya no tenía remedio; lo único que quedaba pendiente era determinar quién era el responsable de la ruptura, porque sólo en casos excepcionales se declaraba sin lugar un juicio de divorcio. 

Hoy aparece nuevas leyes, y nuevos tribunales que se encargan de atender los problemas que produce la llamada violencia intrafamiliar. No es el tema que he querido abordar porque no es mi especialidad y prefiero que sean los jueces y fiscales de ayer y hoy  en materia penal los que expongan sus opiniones sobre el progreso o el retroceso de las relaciones de pareja. Aquí simplemente me he dedicado a contar lo que se vivía en el pasado en la jurisdicción civil y la forma como se vive en la actualidad. 

¿Esto es mejor o peor? Depende cómo se vea: ahora la pareja que se divorcia no se ve en la obligación de revelar ante terceros los problemas de su intimidad. Igualmente, no hay que esperar mucho tiempo para que se disuelva el vínculo matrimonial y las personas divorciadas puedan reorganizar sus vidas. 

Pero no todo es bueno. Los argumentos que sostienen la tesis del desafecto son marcadamente individualistas y pragmáticos: se fundamentan en la indiscutible afirmación de qué “no se puede obligar a nadie a llevar una vida que no desea”. Eso está bien. Pero si se quiere vivir así, antes de casarse tendría que pensarlo dos veces y no involucrar a otra persona en su vida, para decirle el día de mañana que ya no la quiere y que deben separarse sin tomar en consideración el efecto económico o psicológico que puede causar en el otro. En este sentido y dejando claras las virtudes que tiene el divorcio por desafecto se debe reconocer que puede causar muchas injusticias en perjuicio de la parte más débil en la relación matrimonial. 

En cuanto a los problemas de pareja que existe en la primera parte de este escrito, estos no han desaparecido; muchos se han incrementado por efecto de la globalización contemporánea. En la década de los 90 cuando se producen los hechos narrados con anterioridad, ciudad Guayana era una ciudad, que a pesar de su modernidad y  promesa de progreso no dejaba de ser una ciudad del interior del país, con sus costumbres y sus tradiciones que se reflejaban indiscutiblemente en la madera en que se formaban las familias, por los tradicionales matrimonios o concubinato. Hoy las cosas han cambiado: el estilo de vida no es el mismo, las necesidades no son las mismas; como como decía la gente de ayer, especialmente la clase trabajadora de la zona hierro: “con un hogar donde esperara una buena esposa, un buen sueldo para atenderla a ella y a los hijos y tiempo libre para ver la televisión ya se vivía feliz” (léase Algunas Maneras de no Hacer Nada, de Tomás Eloy Martínez). Hoy las cosas han cambiado totalmente: la vida es complicada, tiene mas necesidades y muchos mas problemas que enfrentar.  Y así, mantener una relación  es difícil.  Por eso surge la tesis del ocaso de la familia occidental. 

Para profundizar en este punto necesitaría más espacio y prefiero dejarlo para otra oportunidad. Pero no quiero terminar sin decir algo más: aunque se me tilde de conservador, sigo creyendo que el matrimonio es una comunidad de vida, y como tal, su origen es natural, aunque se perfeccione jurídicamente; la voluntad no puede estar por encima de la naturaleza. Por lo tanto, a pesar de las nubes que oscurecen el futuro de las relaciones de pareja, el sentimiento que las originan y las mantienen siempre existirá, por encima de la deshumanización  de la vida contemporánea. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


miércoles, 6 de noviembre de 2024

El drama económico de la abogacía


Si hay una profesión que sufre el problema de la “ ingratitud económica” , esa es la abogacía: es difícil que el abogado encuentre clientes que quieran pagarle de buena gana los honorarios profesionales. Aceptando que no se debe generalizar, hay que reconocer sin ingenuidades que, en muchos casos, por no decir la mayoría, a los abogados le pagan a regañadientes; inclusive, famosos cuentos de destacadas plumas literarias se dedican a descalificar el derecho humano que tiene el abogado a poder vivir de su oficio, que tienen su razón de ser en la existencia de la maldad humana, que es la causa de las injusticias y del desorden social. Si recordamos lo que decía Max Weber sobre las profesiones, definiéndolas cómo el conocimiento especializado que sirve de sustento económico a la vida, pareciera que esto no aplica para la abogacía.

La prueba de este drama, es que tanto el Código de Ética, como la Ley de Abogados establecen de entrada, la  posibilidad de qué el desacuerdo entre el abogado y su cliente, en lo que se refiere a los honorarios profesionales, tenga que resolverse mediante un arbitraje o un procedimiento judicial, donde inclusive la decisión final siempre puede estar sujeta a una retasa, para que sea un “tribunal especial” el que decida si los honorarios que pretenden cobrarse, son los que justamente corresponden al trabajo realizado. Pareciera que la desconfianza es lo que impera en este tema

Hay que reconocer  que  hay de todo en la viña del señor, y algunos abogados pretenden cobrar sumas desproporcionadas en relación al trabajo realizado, pero no son la mayoría. No  pretendo descalificar ningún oficio, porque todo trabajo dignifica al que lo realiza, pero es preocupante que muchas personas valoran más a sus peluqueros, jardineros o mecánicos que a sus abogados, sin tomar en cuenta los que significa el ejercicio de la abogacía,  porque si hay una profesión riesgosa, donde constantemente hay que convivir con los demonios que cargan sus clientes, esa es la abogacía; hasta los profesionales más correctos, reciben sus dosis del odio de los adversarios.

  

Así es el drama económico de la Abogacía, un problema que tienen que resolver los abogados y muy especialmente los gremios que los representan, porque detrás de esto hay mucho más que la justa remuneración, está en juego el respeto a la profesión.

domingo, 23 de junio de 2024

Sobre la soberbia y la modestia de los abogados

Celebrando al día del abogado releyendo a los clásicos, me encuentro con el libro de  Piero Calamandrei El Elogio de los jueces, reedición de 1956, con prólogo de Santiago Sentis Melendo.Alli sobre la abogacía , entre muchas otras cosas puede leerse: “La profesión del abogado es maestra de modestia. No hay causa en que el defensor no se encuentre frente al adversario que le replica. Cualquier cosa que diga, tiene que estar dispuesto a oír que se le rebate como un error, acaso como una tontería o hasta como una mentira. Aún  suponiendo que el abogado gane el 50% de las causas que defiende, basta el otro 50% para demostrarle que no es infalible, y para aconsejarle que estime a su adversario que ha sido más hábil que él” 

Esta recomendación del insigne maestro italiano, hoy puede parecer una ingenuidad. La formación del litigante, en tiempos particularmente violentos desde todo punto de vista, no cultiva la virtud de la modestia y la comprensión personal de qué nadie es infalible y mucho menos en el ejercicio del derecho. Hoy, lamentablemente, la arrogancia y la soberbia son características de muchos litigantes, que se creer los mejores desde todo punto de vista, muy por encima de sus colegas; consideran al adversario que les discute sus argumentos cómo un enemigo inmoral e inclusive hasta un delincuente, que no merece respeto y puede ser ofendido o humillado a capricho. 

Inclusive, hay quienes incursionan en la academia no por el amor a la investigación científica o vocación docente, sino para esgrimir un título como certificado de superioridad intelectual. En este contexto  el foro jurídico  corre el peligro de convertirsem en una especie de cuadrilátero donde no se va a exponer razones en favor de los intereses que se defienden, sino a insultar y amenazar, que son las armas de la sin razón  

Si queremos tener la idea de lo que sería el ejercicio ideal de la abogacía podemos leer nuevamente a Piero Calamandrei, que en la obra antes citada dice: “si un marciano viniera a la tierra y quisiéramos impresionarlo con algo de este mundo, deberíamos llevarlo a una sala moderadamente iluminada, alejada de los ruidos, en un rincón de un antiguo palacio señorial, con muebles y cuadros antiguos: una atmósfera de recogimiento y de respetuosa familiaridad; el presidente autoritario pero cortés ; los magistrados atentos a los discursos de los defensores, y hasta deseosos de escucharlos hasta el final; los abogados visten la toga con toda corrección, tranquilos y discretos en la discusión, ciñéndose  a los temas esenciales, sin divagaciones inútiles ni modulaciones oratorias: convencidos ambos del fundamento de sus razones respectivas pero mutuamente respetuosos, sin aparentar nunca el deseo de dominar a adversario con su autoridad o su destreza. Al final, se saludan tranquilos y serenos, amigos como antes, entre sí y con los jueces. Sea cual fuera la sentencia - los jueces meditarán profundamente y resolverán -, cada uno de los defensores sabe que ha hecho lo que ha podido, sin faltar al respeto ni de los jueces, ni del adversario, ni de sí mismo tampoco, confiando únicamente en la fuerza de la razón, en esa virtud persuasiva que, entre los hombres civilizados, se dice que tienen las buenas razones honestamente expuestas por quien cree en ella. ¿Cuántos milenios se han necesitado para conseguir ese milagro? Creo que también el habitante de Marte lo admiraría (pero tiene que bajar a la tierra exactamente esa vez, una de cada 100 como ya lo he dicho)” 

Lamentablemente esa situación ideal que plantea el maestro se produce una de cada 100 veces