jueves, 24 de noviembre de 2022

Wilmer Gil: una persona ligera

El 30 de diciembre de 2007, Javier Marías escribió un artículo titulado Personas Ligeras. Cita allí a Miguel Delibes, que al recordar a su esposa ya fallecida decía que, “ con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir” ¿Puede decirse de alguien algo más hermoso? Se preguntaba Marías en ese artículo “brutal”,  que retrata de manera magistral, el don que tienen algunas personas de iluminar con su forma de ser los oscuros momentos de la vida. Creo que esto es perfectamente aplicable a Wilmer Gil Jaime, el amigo que en la madrugada de hoy se despidió para vivir de manera diferente. 

Don Wilmer, como le decíamos cariñosamente, nació en la Clínica Neverí de San Félix, donde creció y vivió, al extremo de llegar a ocupar importantes cargos públicos. Siendo abogado, cultivaba más amigos que enemigos. Siempre sonriente y generoso, se destacó en todo lo que hizo en la vida; no solo ejerció la profesión, sino que también incursionó en la docencia universitaria, ganándose el reconocimiento y aprecio de sus alumnos , que en más de una ocasión lo escogieron como padrino de la promoción. Actualmente, además de sus numerosas actividades que debía afrontar tanto en el ejercicio de la abogacía como en la docencia, formaba parte de la directiva del Centro Italo Venezolano de Guayana, colaborando en la difícil tarea de mantener ese prestigioso espacio social,  en tiempos particularmente difíciles. Pero el éxito más importante de su vida es su familia; siempre pendiente de sus padres, su esposa, y sus hijos, que son la herencia humana que deja como testimonio de una vida ejemplar

Decía que Wilmer se despidió para vivir de una manera diferente, porque como decía José Luis Martín Descalzo, cuando una persona querida muere deja de estar en un lugar específico para vivir el los corazones de quienes siempre lo recordarán: ahora, está en los pasillos de los tribunales; las aulas de la Universidad Católica Andrés Bello de Guayana o en la Ugma; en el Centro Ítalo Venezolano, o en San Félix, recordando las anécdotas que, como decía en las citas anteriores ayudan a aligerar la pesadumbre de vivir”

Un gran abrazo don Wilmer 

Datilera, 24 de noviembre de 2022 



 



sábado, 19 de noviembre de 2022

La ética de Raul Queremel Castro


Voy a retomar el sentido de este blog, dedicando algunos artículos al evento organizado por la Universidad Católica Andrés Bello  sobre la ética de las profesiones jurídicas. Evento en homenaje al abogado Raúl Queremel  Castro, coautor del Código de Ética del Abogado Venezolano vigente, lo que ha motivado a su hijo Luis Queremel Franco a trabajar en un proyecto de reforma del citado instrumento normativo; una labor necesaria e impostergable  para el futuro de la abogacía en nuestro país.

Las ponencias  estuvieron dedicadas a temas fundamentales para el ejercicio del derecho: relaciones del abogado con su cliente, los honorarios profesionales, el abogado en los tribunales, el compromiso social del  abogado, el perfil del juez y, como cierre, la presentación  del Proyecto de Código de Ética adaptado a estos tiempos, Hay que destacar que, el evento contó con la participación de cuatro paneles de estudiantes que disertaron sobre los temas tratados en la jornada.

Como dije anteriormente, voy a comentar cada ponencia en artículos separados. Aquí sólo quiero destacar la importancia del acto, que tuvo como motivo central la ética, vista desde el ejemplo de un jurista de vida intachable; porque eso es lo importante, no puede rescatarse  el valor de la ética si las palabras no van acompañadas con los hechos. En este sentido para conocer el perfil de jurista homenajeado, nada mejor que citar las palabras de Salvador Yannuzzi, Profesor emérito de la UCAB – UCV. Ex Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Andrés Bello. Individuo de Número de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales.

 “Recién graduado de abogado conocí al doctor Raúl Queremel Castro, a quien habían designado juez superior en lo civil y mercantil, en atención a que sus ejecutorias como magistrado en primera instancia eran conocidas por su rectitud y apego a la ley.

No era una persona extrovertida; sin embargo, ello no era óbice para que tratara a todos los que acudíamos al tribunal que regentaba con educación, amabilidad y respeto, lo que era correspondido por todos los que debíamos concurrir a ese juzgado. Esto fue una característica de su gestión, porque todos los que colaboraban con él, en cualquier posición, bien en la secretaría del tribunal, los amanuenses, los archivistas, alguacil y portero, tenían esa misma actitud de consideración y respeto.  

Era una persona muy precisa en cuanto a sus decisiones y recuerdo que en un caso que me correspondió tramitar en ese juzgado, ante una duda para decidir si le otorgaba eficacia a la declaración de un testigo (me enteré por la sentencia) dictó un auto para mejor proveer, lo que era bastante inusual en esa época, y después de sustanciar la diligencia ordenada consistente en practicar una inspección ocular en alguna localidad (en el sitio en el que ocurrieron los hechos), y se forme un croquis sobre los puntos que se determinen (para lo cual designó un práctico), concluyó en el fallo que el testigo era confiable, habida cuenta que desde el sitio en que se encontraba, cuando sucedieron los hechos debatidos en el proceso, podía visualizar lo que estaba ocurriendo, por lo que le otorgó eficacia a la declaración. 

La opinión generalizada de los que litigábamos en ese tiempo, al referirnos a la personalidad del juez Queremel Castro, era la de su conocimiento del Derecho, de su imparcialidad, de su equilibrio y la de su absoluta honestidad.   Por ello, considero que este homenaje que se rinde al doctor Raúl Queremel Castro, no solamente es merecido por sus dotes personales, sino al modelo de juez que encarnó.

Cuando una persona que ocupó el cargo de juez - del que es difícil salir totalmente bien parado -, es recordado de esta  manera, no hay más que añadir sobre su estatura profesional y moral. De eso trató el evento. En tiempos de tanta banalización y superficialidad, cuando las sociedades se desorientan, hay que rescatar el ejemplo de quienes fueron, y son,  referencia de lo que debe ser un buen abogado 



        









sábado, 30 de julio de 2022

La abogacía vista 41 años después



El 30 de julio de 1981, formando parte de la promoción de abogados Sebastián Artiles, recibí mi título de abogado. Mi expectativa de vida en aquel momento era muy sencilla: trabajar, casarme y formar una familia. Así regresé a mi tierra guayanesa y ejercí la profesión 10 años, hasta que el destino me llevó al cargo de juez,  que ejercí durante toda la década de los años 90, para posteriormente incorporarme a la fundación de la Universidad Católica Andrés Bello de Guayana, donde todavía me encu
entro, como en una trinchera, desde donde veo las difíciles realidades de estos tiempos. Así pues, la abogacía ha ocupado parte importante de mi vida.

Pero la abogacía es mucho más que una profesión, es una manera de ver, entender y resolver los dilemas que producen los conflictos humanos, que no envejecen ni desaparecen. Prueba de esto, la tenemos en el libro El alma de la Toga de Ángel Ossorio, escrito en el año 1919, que cien años después sus reflexiones tienen vigencia. Dice allí entre otras cosas: “La abogacía no es una consagración académica, sino una concreción profesional… quien no dedique su vida a dar consejos jurídicos y pedir justicia en los tribunales será  todo lo Licenciado que quiera, pero Abogado, no”. 

Continúa Ossorio destacando lo que a su juicio son las virtudes del abogado: “En el Abogado la rectitud de la conciencia es mil veces más importante que el tesoro de los conocimientos. Primero es ser bueno; luego, ser firme; después, ser prudente; la ilustración viene en cuarto lugar; la pericia, en el último… No. No es médico el que domina la fisiología, la patología, la terapéutica y la investigación química y bacteriológica, sino el que, con esa cultura como herramienta, aporta a la cabecera del enfermo caudales de previsión, de experiencia, de cautela, de paciencia, de abnegación… Igual ocurre con los Abogados. No se hacen con el título de Licenciado, sino con las disposiciones psicológicas, adquiridas a costa de trozos sangrantes de la vida”.

Acertadísima opinión. Después de más de 40 años de ejercer el oficio desde diferentes posiciones, estoy convencido, de que la abogacía no se puede aprender si no se vive, y esto ocurre cuando se lucha con los monstruos que salen de lo más profundo de los corazones humanos. Actualmente, en las universidades se observa como crece el desinterés por la carrera de derecho, y dentro de estas, el menosprecio por el derecho procesal,  como si los conflictos hubieran desaparecido del mundo contemporáneo. Es paradójico que los thrillers jurídicos ocupen las preferencias de la ciudadanía y el estudio del derecho pierda interés. Esto es un problema que abordaré en otro espacio, donde me ocuparé de la desorientación académica y el funcionamiento del Poder Judicial, porque la esencia de la abogacía permanece incólume, aunque persistan las dificultades que no dejan ver claramente su alma.

A lo largo de la vida,  la idea que tiene el abogado de su oficio va cambiando. Primero toma conciencia de que el “vedetismo jurídico” no es inherente a la abogacía, donde muchas veces, en la búsqueda de la justicia hay que arriesgar el “prestigio personal ” y defender  los derechos de su patrocinado sin importar el qué dirán. La abogacía no es para lucirse; si como consecuencia de la excelencia de su trabajo, el abogado destaca, muy bien, pero sin perder de vista los intereses de su representado. Lo segundo, es comprender a los justiciables, porque la perfección moral no es precisamente una característica de la naturaleza humana. En tercer lugar,  después de varios años, mirando hacia atrás, acumulando sentimientos de alegría y tristeza, con aciertos y desaciertos, entender papel  de la abogacía en la complicada comedia de la vida que, no es un oficio más, es una necesidad de las almas que sufren el dolor de la injusticia. Así la veo 41 años después. 





 



viernes, 22 de julio de 2022

Kelsen, la autopista y la realidad de dos mundos

La justicia es la  adecuación del comportamiento humano a las normas del orden social. Eso decía el inevitable Hans Kelsen; para muchos, el mejor jurista del siglo XX. Y para él, el orden social no era otra cosa que el derecho positivo, que a su juicio diseña un mundo ideal: un mundo  donde los ciudadanos reclaman sus derechos, cumplen con sus deberes y se responsabilizan por lo que hacen. Un mundo hipotético que, perfectamente puede ser real si se toma conciencia del valor de lo justo, que cobra vida con el cumplimiento de la ley.

El problema es que no todos ven el mundo de igual manera. Alejandro Nieto, destacado Catedrático de Derecho Administrativo en España, en su libro,  El mundo visto a los 90 años. dice que: “el mundo social está desdoblado: Está por un lado, -el que debería ser,- el que se supone que es- un mundo ideal ( en cuanto irreal) en el que los ciudadanos son justos y benéficos, honestos, responsables de sus actos  y cumplidores de sus compromisos, fiables tanto por su temperamento como por la severidad de las normas que ordenan sus relaciones y a las que atienden puntualmente; …Ahora bien, por otro lado está el mundo real que es así como funciona: ni los individuos ni las instituciones se comportan como se dice. De hecho, el mundo social es engañoso y peligroso; nada es  lo que se aparenta; no es el reino de la justicia ni de la paz ni de la razón; los individuos singulares son o explotadores o explotados; cuando se pide igualdad y justicia se recibe en el mejor de los casos buenas palabras”

 ¿Cómo es realmente el mundo social? Debo reconocer que el mundo ideal de Kelsen está lejos de nuestra realidad, pero no estoy de acuerdo totalmente, con la imagen del mundo que describe Alejandro Nieto. Es verdad, las buenas palabras se utilizan para engañar y ocultar las injusticias, existen numerosos explotadores y explotados, la cotidianidad es muy peligrosa y hay que vivir  a la defensiva porque ni el derecho ni las instituciones garantizan la seguridad y la certeza que ofrecen. Pero no todo es así.

Sobre esto, medito todos los días cuando tomo la autopista para ir al trabajo. Mi primera impresión es que entré en un ambiente parecido al de Mad Max, furia en el camino: parece una competencia  por ir lo más rápidamente posible de cualquier manera; los límites de velocidad no se respetan, se adelanta por cualquier lado; igual se atraviesa un pequeño vehículo, que un camión o una cisterna de gasolina. Y que decir de los motorizados, parecen seres fantasmagóricos que aparecen inesperadamente por todas partes. Todo esto condimentado por la desaparición del Estado y la ausencia de sus autoridades. Decir que aquí está presente la idea de justicia de Kelsen es ingenuo y absurdo, porque el comportamiento humano se adecúa a cualquier cosa menos al orden establecido por las normas sociales. Sin embargo, siempre hay  motivos para la esperanza: hay quienes cumplen las reglas, moderan la velocidad, ceden el paso y con esa actitud hacen el tránsito más vivible y armonioso 

En el resto de la sociedad pasa lo mismo que en la autopista: ni el paraíso ni el infierno absoluto.  Hay mucha gente que cree que hay que vivir de acuerdo con la ley; otros que no se conforman con cumplirla, sino que trabajan para que cada vez su cotidianidad esté más ordenada. Y además, hay quienes dedican su vida para que  el ideal de un mundo justo no sea una realidad inalcanzable. 

Y si queremos contribuir con la construcción de ese mundo tan deseado,  podemos empezar tomando conciencia de que, con sus virtudes y sus defectos, entre las grandes  creaciones de la mente humana, está indiscutiblemente la ley.


  


lunes, 6 de junio de 2022

Los abogados y las lecturas eróticas



Hoy comenzó la celebración de la semana de la Escuela de Derecho en la Ucab- Montalbán. El acto inaugural contó con la participación del Rector, el Decano de la Facultad y las Directoras de las Escuelas de Caracas y Guayana, teniendo como invitado especial al Dr. Allan Brewer Carias. El distinguido juristas se dirigió a los estudiantes destacando entre otras  cosas: las dificultades para el estudio y ejercicio de la abogacía en Venezuela, la necesidad de cultivar el hábito de la lectura y, por último,  la importancia y vigencia permanente de los principios de Justiniano: Vivir honestamente, no dañar a otro y dar a cada uno lo suyo. Buenos temas para tiempos especialmente difíciles.

Quiero resaltar la importancia que le dio al tema de la lectura y especialmente a estudiar por libros y no por apuntes,  ya que esto ha sido una lucha permanente de la que me he ocupado en otras oportunidades. El 8 de noviembre de 2011 publiqué un artículo titulado Lecturas eróticas, donde compartía la preocupación de diferentes docentes universitarios por el desprecio casi absoluto por la lectura. Decía allí: “Cuando  cursaba  estudios de Derecho a nivel de pregrado,  uno de los profesores más críticos de nuestra disciplina dijo que, Venezuela estaba entre los pocos países donde una persona podía graduarse de abogado sin haberse leído nunca un libro de Derecho. No me quiero pronunciar sobre  la veracidad de la afirmación, lo que puedo decir con propiedad, es que a los estudiantes no les gusta estudiar por libros; el “apuntismo” los aparta de las grandes obras jurídicas; y esto -entre otros males- trae como consecuencia que, les cuesta una enormidad redactar un párrafo en forma coherente, limitándose a plasmar en los exámenes, algunas frases sueltas, muy parecidas a los mensajes de texto o “twitters” que dominan en buena forma” (Publicado en El Correo del Caroní el 8 de noviembre de 2011) En problema no pierde vigencia tal y como lo ha destacado el ilustre invitado, porque trasciende de lo que puede considerarse como algo simplemente instrumental, para afectar seriamente la cultura jurídica de la abogacía.

En fin, no corren buenos tiempos para la lectura; la gente lee muy poco. Solo superficialmente se ocupa de los titulares y las primeras líneas de los primeros párrafos. Por eso, tanto en aquella oportunidad como ahora, engañé al lector, insinuando en mi escrito que me iba a  ocupar de temas que, para algunos pueden parecer más interesantes que los inmortales principios  de Justiniano.

Buen comienzo de la Semana de la Escuela de Derecho










  


martes, 31 de mayo de 2022

Para Anna María Guario, con cariño y agradecimiento desde la distancia


El día comenzó con una triste noticia: falleció Anna María Guario. La voz que durante muchos años sonó por los teléfonos de los Institutos de Estudios Jurídicos de todo el país, coordinando los cursos de postgrado que contribuyeron a elevar la cultura jurídica de los abogados del interior, quedará en el recuerdo de quienes aprendieron a apreciar su trabajo y su calidad personal. Y comienzo con esta afirmación inicial que a algunos puede parecer extraña, porque desde sus oficinas en Montalbán, además de la actividad que realizaba para esa sede, coordinaba y controlaba numerosos programas de postgrado que permitían al abogado de provincia, cursar especializaciones, en tiempos en que la comunicación globalizada de ahora no existía ni en sueños.

Gracias a su labor, los fines de semana, destacados docentes de Caracas y otros lugares del país, viajaban a dictar clases llevando con sus conocimientos valiosos aportes a la judicatura y a la abogacía de diferentes regiones. Hace algún tiempo, en un foro que se realizaba en la UCAB- Guayana, se dijo que la historia jurídica de la región tiene que dividirse en dos partes: antes de la llegada de los cursos de postgrado de la Ucab en el año 1989 y después de esa fecha; destacándose la valiosa tarea de Fernando Pérez Llantada S.J que dirigía esos estudios. En tal sentido, considero que igualmente, es justo mencionar que, era Anna María el brazo ejecutor de esa valiosa labor.

Pero ella era mucho más que una simple Directora - coordinadora; su atención y preocupación por los profesores era casi maternal. Cuando me correspondió dirigir los estudios de postgrado en Guayana, pude comprobar la forma como estaba pendiente de la atención que le daba a los docentes que llegaban los viernes al mediodía, para regresar a sus hogares al atardecer del sábado. En una oportunidad, se me ocurrió hospedarlos en el Centro de Liderazgo Nekuima, un lugar paradisíaco ubicado a orillas del río Caroní, especial para la meditación y el  recogimiento. El lunes ya me estaba llamando Anna María: “José Carlos, donde llevaste a los profesores; me dicen que hay unas monjas que los despiertan con una campana a las seis de la mañana”. Esta es una de las numerosas anécdotas que se puede contar de Anna María, que era bondadosamente rigurosa, cuidando hasta el último detalle de lo que estaba bajo su responsabilidad .

El triste día de su funeral, me acerqué al Cementerio del Este, y al entrar, sentí lo que dice Fernando Aramburu en su libro La Utilidad de las Desgracias: se percibía una especie de bondad ambiental compartida; en una capilla donde se realizaban las honras fúnebres a otra persona, unos músicos interpretaban en honor al difunto el tango de Gardel Por Una Cabeza, mientras los circunstantes que acompañaban escuchaban silenciosamente. Una escena de paz especial, que nada tenía que ver con la vida vertiginosa de la ciudad que estaba afuera. No me quedé mucho tiempo, porque como siempre, el deber esclaviza, pero fue lo suficiente para transmitir a sus familiares el  cariño y agradecimiento que le enviaban desde Guayana, donde siempre vivirá en el recuerdo de quienes la conocieron. Así somos. Es una lástima que lo que más nos humaniza llega en el momento de las despedidas 

En días pasados se celebró una misa por la vida de Ana Maria en la Capilla de la  Universidad Católica en Montalbán, su casa durante muchos años. Allí, su hermana comentaba la forma como había entregado su vida a la universidad. Y, pensaba yo, no solo a la universidad, sino a la abogacía del país. 


domingo, 29 de mayo de 2022

¿Es el Derecho una profesión inmoral?

Me ha llegado por las redes sociales un artículo escrito hace algún tiempo por el profesor Minor M Salas, titulado, ¿Es el Derecho una profesión inmoral? Un entremés para los cultores de La ética y la deontología jurídica. Sostiene el autor que, muchas recomendaciones de la deontología jurídica para formar buenos juristas son ingenuas e inútiles, porque no se puede formar moralmente a un profesional implementando simplemente códigos de ética. Y además, considera que, no se puede ejercer la profesión con parámetros estrictamente morales, concluyendo que el trabajo pretende dar pistas para combatir la inmoralidad intrínseca de la actividad jurídica. 

Como profesor de Filosofía del Derecho y Ética en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) me veo en la obligación de hacer algunas observaciones a los temas que aborda el citado texto, que insiste en poner el dedo en las llagas de la abogacía. Como la tarea no es sencilla, voy a dividirla en varios artículos que publicaré en este espacio dedicado -no ingenuamente- a la reivindicación de la abogacía. Por ahora, sólo me ocuparé de las afirmaciones sobre “la inmoralidad intrínseca de la abogacía” y “la ingenuidad de la deontología jurídica” 

Decir que la abogacía es una profesión intrínsecamente inmoral, es desenfocar la verdadera dimensión del problema de la ética profesional. Cito lo que al respecto escribe Eduardo García en una publicación de la UCAB sobre este tema en el año 2009. “El análisis de la ética profesional en el mundo de hoy debe hacerse desde diversas perspectivas. En primer lugar, hay que entender que antes que profesional o trabajador se es persona. En consecuencia los fundamentos básicos de las prácticas morales en el trabajo, se comienzan a construir desde la infancia. En este sentido resulta pertinente fortalecer la formación moral de niños y jóvenes , lo cual puede implicar un enfrentamiento con antivalores promovidos desde los distintos agentes de socialización (familia , escuela, medios de comunicación etc.)” 

En efecto, no se puede separar el estudio de la ética profesional, de la naturaleza moral del comportamiento humano que, guste o no guste reconocerlo, no vive sus mejores momentos. Ya lo advierte el sacerdote y educador Javier Duplá s.j, en un trabajo publicado por la UCAB en el año 2008, sobre los contextos éticos contemporáneos: “Esta breve introducción quiere llamar la atención sobre un hecho real: se multiplican los seminarios, las jornadas, las discusiones sobre la ética y sobre temas éticos conectados con las profesiones y en general con el vivir humano. Prueba de ello es el interés y el debate que despiertan temas como la clonación, el aborto terapéutico, las posibilidades de la ingeniería genética o la eutanasia. Algo parecido ocurre con las profesiones, algunas desde tiempos antiguos, como la medicina y el quehacer político. Para muchas de ellas se elaboran códigos deontológicos que luego quedan relegados al olvido… ¿Hay una conciencia creciente de que tal vez nos encontramos ante una situación global en que el comportamiento humano haga imposible la vida sobre la tierra y hay que evitar esta situación extrema?"

La pregunta que cierra el texto antes citado nos coloca en el meollo de la cuestión: el hecho de que en el ejercicio de la abogacía aparecen reiteradamente actuaciones deshonestas, no puede ser argumento para decir que la actividad jurídica es intrínsecamente inmoral. Tendríamos que preguntarnos, si no pasa lo mismo con otras profesiones: los comunicadores sociales que manipulan y comercian con la información, los médicos que no atienden a enfermos que no tienen recursos o los contadores que falsifican balances y asientos contables etc. Es imposible encontrar una actividad humana donde no esté presente la deshonestidad, y este es el drama de la ética profesional: evitar que la maldad humana contamine los oficios necesarios para resolver los graves problemas que debe enfrentar el hombre en el mundo contemporáneo. 

Sobre la afirmación de que los profesores de deontología jurídica pretenden – ingenuamente- dar lecciones de moral para formar santos, candidatos a la beatificación, la considero una exagerada deformación de la asignatura. Pienso que las deontologías entran en la categoría de “éticas mínimas”, dedicadas a los deberes que deben cumplirse para ejercer una determinada profesión. Aquí es donde está el problema y coincido con el autor del artículo: muchas veces, en vez enseñar el marco ético-normativo necesario para el ejercicio de la abogacía, se dedica el tiempo a disertar sobre abstracciones de filósofos o teólogos, incomprensibles para quienes han escogido la carrera de derecho. No es malo que el aspirante a graduarse de abogado, al estudiar la ética profesional, se lea la República de Platón o la Ética Nicomaquea de Aristóteles; si no lo hace igual puede ejercer, lo malo es que desconozca e incumpla los deberes que le impone el código de ética de su profesión. 

En este orden de ideas, creo que, como dice Duplá, lo malo es "relegar al olvido los códigos deontológicos". Y lo peor, es que tanto las universidades, como las instituciones gremiales encargadas de velar por su cumplimiento, les resten la importancia que tienen, que en definitiva, es la causa principal de que se generalicen los comportamientos inmorales en el ejercicio de las profesiones y especialmente en la abogacía. No obstante, hay que reconocer que no todos son indiferentes ante estos problemas, el abogado y profesor universitario Luis E. Queremel hijo de Raúl Queremel Castro coautor del Código de Ética Profesional del Abogado Venezolano, trabaja en un valioso proyecto de reforma del citado instrumento, que sin lugar a duda, se convertirá en un valioso aporte al mejoramiento de la abogacía. Sobre eso escribiré en los próximos artículos. 

Y termino, ni el derecho es una profesión inmoral, ni la deontología jurídica es una actividad ingenua. El derecho no es perfecto, pero es lo mejor que se ha inventado para ordenar las relaciones humanas. Y la deontología jurídica no es  una ingenuidad, porque aspirar a tener buenos profesionales es el deseo de toda sociedad organizada. Ante la denuncia constante de que abundan personas con títulos profesionales que en vez de enaltecer son la vergüenza de su profesión, hay que responder con la rima IV de Gustavo Adolfo Bécquer, “Puede no haber poetas, más siempre habrá poesía”