Me ha llegado por las redes sociales un artículo escrito hace algún tiempo por
el profesor Minor M Salas, titulado, ¿Es el Derecho una profesión inmoral? Un
entremés para los cultores de La ética y la deontología jurídica. Sostiene el
autor que, muchas recomendaciones de la deontología jurídica para formar buenos
juristas son ingenuas e inútiles, porque no se puede formar moralmente a un
profesional implementando simplemente códigos de ética. Y además, considera
que, no se puede ejercer la profesión con parámetros estrictamente morales,
concluyendo que el trabajo pretende dar pistas para combatir la inmoralidad
intrínseca de la actividad jurídica.
Como profesor de Filosofía del Derecho y
Ética en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) me veo en la obligación de
hacer algunas observaciones a los temas que aborda el citado texto, que insiste
en poner el dedo en las llagas de la abogacía. Como la tarea no es sencilla, voy
a dividirla en varios artículos que publicaré en este espacio dedicado -no
ingenuamente- a la reivindicación de la abogacía. Por ahora, sólo me ocuparé de
las afirmaciones sobre “la inmoralidad intrínseca de la abogacía” y “la
ingenuidad de la deontología jurídica”
Decir que la abogacía es una profesión
intrínsecamente inmoral, es desenfocar la verdadera dimensión del problema de la
ética profesional. Cito lo que al respecto escribe Eduardo García en una
publicación de la UCAB sobre este tema en el año 2009. “El análisis de la ética
profesional en el mundo de hoy debe hacerse desde diversas perspectivas. En
primer lugar, hay que entender que antes que profesional o trabajador se es
persona. En consecuencia los fundamentos básicos de las prácticas morales en el
trabajo, se comienzan a construir desde la infancia. En este sentido resulta
pertinente fortalecer la formación moral de niños y jóvenes , lo cual puede
implicar un enfrentamiento con antivalores promovidos desde los distintos
agentes de socialización (familia , escuela, medios de comunicación etc.)”
En
efecto, no se puede separar el estudio de la ética profesional, de la naturaleza
moral del comportamiento humano que, guste o no guste reconocerlo, no vive sus
mejores momentos. Ya lo advierte el sacerdote y educador Javier Duplá s.j, en un
trabajo publicado por la UCAB en el año 2008, sobre los contextos éticos
contemporáneos: “Esta breve introducción quiere llamar la atención sobre un
hecho real: se multiplican los seminarios, las jornadas, las discusiones sobre
la ética y sobre temas éticos conectados con las profesiones y en general con el
vivir humano. Prueba de ello es el interés y el debate que despiertan temas como
la clonación, el aborto terapéutico, las posibilidades de la ingeniería genética
o la eutanasia. Algo parecido ocurre con las profesiones, algunas desde tiempos
antiguos, como la medicina y el quehacer político. Para muchas de ellas se
elaboran códigos deontológicos que luego quedan relegados al olvido… ¿Hay una
conciencia creciente de que tal vez nos encontramos ante una situación global en
que el comportamiento humano haga imposible la vida sobre la tierra y hay que
evitar esta situación extrema?"
La pregunta que cierra el texto antes citado nos
coloca en el meollo de la cuestión: el hecho de que en el ejercicio de la
abogacía aparecen reiteradamente actuaciones deshonestas, no puede ser
argumento para decir que la actividad jurídica es intrínsecamente inmoral.
Tendríamos que preguntarnos, si no pasa lo mismo con otras profesiones: los
comunicadores sociales que manipulan y comercian con la información, los médicos
que no atienden a enfermos que no tienen recursos o los contadores que
falsifican balances y asientos contables etc. Es imposible encontrar una actividad humana
donde no esté presente la deshonestidad, y este es el drama de la ética
profesional: evitar que la maldad humana contamine los oficios necesarios para
resolver los graves problemas que debe enfrentar el hombre en el mundo
contemporáneo.
Sobre la afirmación de que los profesores de deontología jurídica
pretenden – ingenuamente- dar lecciones de moral para formar santos, candidatos
a la beatificación, la considero una exagerada deformación de la asignatura.
Pienso que las deontologías entran en la categoría de “éticas
mínimas”, dedicadas a los deberes que deben cumplirse para ejercer una
determinada profesión. Aquí es donde está el problema y coincido con el autor
del artículo: muchas veces, en vez enseñar el marco ético-normativo necesario
para el ejercicio de la abogacía, se dedica el tiempo a disertar sobre
abstracciones de filósofos o teólogos, incomprensibles para quienes han escogido
la carrera de derecho. No es malo que el aspirante a graduarse de abogado, al
estudiar la ética profesional, se lea la República de Platón o la Ética
Nicomaquea de Aristóteles; si no lo hace igual puede ejercer, lo malo es que
desconozca e incumpla los deberes que le impone el código de ética de su
profesión.
En este orden de ideas, creo que, como dice Duplá, lo malo es "relegar al
olvido los códigos deontológicos". Y lo peor, es que tanto las universidades, como las instituciones gremiales encargadas de
velar por su cumplimiento, les resten la importancia que tienen, que en definitiva, es la causa principal de que se generalicen los comportamientos
inmorales en el ejercicio de las profesiones y especialmente en la abogacía. No
obstante, hay que reconocer que no todos son indiferentes ante estos problemas,
el abogado y profesor universitario Luis E. Queremel hijo de Raúl Queremel
Castro coautor del Código de Ética Profesional del Abogado Venezolano, trabaja en
un valioso proyecto de reforma del citado instrumento, que sin lugar a duda, se
convertirá en un valioso aporte al mejoramiento de la abogacía. Sobre eso
escribiré en los próximos artículos.
Y termino, ni el derecho es una profesión
inmoral, ni la deontología jurídica es una actividad ingenua. El derecho no es
perfecto, pero es lo mejor que se ha inventado para ordenar las relaciones
humanas. Y la deontología jurídica no es una ingenuidad, porque aspirar a tener
buenos profesionales es el deseo de toda sociedad organizada. Ante la
denuncia constante de que abundan personas con títulos
profesionales que en vez de enaltecer son la vergüenza de su profesión, hay que
responder con la rima IV de Gustavo Adolfo Bécquer, “Puede no haber poetas, más siempre habrá poesía”