Antonio, mejor conocido como Toño en el barrio, se apasionó desde pequeño con el oficio de la mecánica. Comenzó como ayudante de un viejo que se dedicaba a reparar los vehículos d oke los vecinos en el estacionamiento de su casa. Después se independizó y, en un pequeño galponcito que le arrendaron por una módica suma, montó su taller, donde con el tiempo, ganó fama por la destreza que tenía para arreglar vehículos averiados, muchas veces bastante viejos y deteriorados.
Un buen día, se apareció un hombre con un carro de modelo reciente al que se le había presentado un problema difícil de resolver porque no se le encontraba la falla. Toño, después de revisar el vehículo, descubrió la falla y la reparó en medio día. El hombre volvió a los pocos días y le propuso un negocio: le dijo que él tenía un taller que no estaba bien gestionado, porque las personas que estaban al frente del mismo no eran muy conocedoras del oficio, proponiéndole a Antonio que se encargara del mismo. Ya que el local tenía todo el equipamiento necesario, él le pagaría un porcentaje por las reparaciones que se realizaran.
La cosa funcionó a la perfección y al conocimiento de Toño se le sumó la buena calidad de las herramientas con que contaba, así que en poco tiempo el taller adquirió fama y se convirtió en un negocio próspero. Cuando todo marchaba viento en popa, el dueño se le acercó y le dijo que él quería viajar para instalarse en otro lugar y le propuso alquilarle el taller por una razonable cantidad, y que Toño se dedicara a explotar el negocio.
Y así estuvo por un tiempo hasta que, sorpresivamente, apareció un tribunal para secuestrar el local por falta de pago. Toño tenía que pagar puntualmente los últimos días de cada mes y por alguna circunstancia se había atrasado un poco, al igual que en otras oportunidades en que ese asunto no había pasado a mayores, porque Toño siempre honró su compromiso. Pero esta vez, sorpresivamente, el tribunal, dirigido por un riguroso abogado, se presentó en el lugar y no atendió ninguna solicitud de acuerdo. Secuestró el local y a Toño lo mandaron otra vez para su barrio.
Trató de comunicarse con el amigo que le había hecho la propuesta de negocio, pero fue imposible: el hombre se había ido del país, dejando encargado a un familiar y un abogado que se caracterizaban por ser inescrupulosos en asuntos de negocios.Consultó el problema con otro especialista en leyes, y este le dijo que lamentablemente no tenía razón, porque si bien el comportamiento del arrendador era una desproporción inmoral, así era la ley.
Dejó la cosa de ese tamaño, sin que el mal trago se le pasara rápidamente, y volvió a trabajar en su galponcito del barrio. Así estaba cuando se le acercó un vecino con un empresario de la ciudad, quienes, conociendo las habilidades de Toño y el problema que había tenido, le plantearon hacer una sociedad donde el empresario sería el presidente y él, el vicepresidente. Querían instalar un moderno taller que pudiera cubrir la necesidad de servicios especializados en la ciudad.
A Toño le pareció una buena propuesta y así estuvo trabajando de manera provechosa, ya que a su destreza y conocimiento se le sumaba su gran responsabilidad. Todo iba muy bien hasta que un día, leyendo el periódico mientras tomaba el café de la mañana, observó un aviso donde el presidente de la sociedad invitaba a una asamblea para aumentar el capital de la misma. Inmediatamente le preguntó de qué se trataba y por qué de esa asamblea sin consultarle. Este, restándole importancia, le dijo que no era nada anormal, que había que aumentar el capital porque había operaciones financieras que lo exigían.
Como el gato quemado huye del agua caliente, Toño fue a consultar con el mismo abogado que le dio la respuesta frustrante de su primer fracaso societario, y este, frunciendo el ceño, le dijo: "¿Tú tienes dinero para aumentar el capital? Eso puede ser una operación de buena fe, pero es la típica jugada para dejar sin poder a un socio, convirtiéndolo en accionista minoritario, y después sacarlo cuando le interese al dueño de todas las acciones que, de paso, en tu caso, sería el presidente."
Después de unos días de largas cavilaciones, Toño recogió sus cosas y volvió a su barrio, a pesar de que su socio trataba de convencerlo de que eso no era necesario. Y así volvió a ser el modesto mecánico que se limitaba a reparar vehículos cobrando por su trabajo, con lo que sacó adelante su familia, educando a sus hijos que se convirtieron en profesionales.
Bordeando los años 70, su hija menor, que estudió la carrera de Economía, le preguntó el por qué no había trabajado más organizadamente, fundando una empresa formal. Toño se le quedó mirando y dijo: "Hija, hay ambientes que no son buenos para la gente que está acostumbrada a vivir honestamente, sin estar todo el día preocupado porque siempre hay alguien que lo quiere fregar. Hay gente que vive de su trabajo, yo soy uno de ellos, pero hay otros que no viven de eso, se especializan en fregar a los demás, escondiéndose detrás del derecho y las organizaciones empresariales. Los abogados siempre me advirtieron que una cosa es la moral y otra es el derecho... yo eso se lo dejo a los estudiados y organizados, que saben mucho de leyes, y de traicionar la amistad y la confianza, de personas ingenuas cuando hay plata de por medio”
