Celebrando al día del abogado releyendo a los clásicos, me encuentro con el libro de Piero Calamandrei El Elogio de los jueces, reedición de 1956, con prólogo de Santiago Sentis Melendo.Alli sobre la abogacía , entre muchas otras cosas puede leerse: “La profesión del abogado es maestra de modestia. No hay causa en que el defensor no se encuentre frente al adversario que le replica. Cualquier cosa que diga, tiene que estar dispuesto a oír que se le rebate como un error, acaso como una tontería o hasta como una mentira. Aún suponiendo que el abogado gane el 50% de las causas que defiende, basta el otro 50% para demostrarle que no es infalible, y para aconsejarle que estime a su adversario que ha sido más hábil que él”
Esta recomendación del insigne maestro italiano, hoy puede parecer una ingenuidad. La formación del litigante, en tiempos particularmente violentos desde todo punto de vista, no cultiva la virtud de la modestia y la comprensión personal de qué nadie es infalible y mucho menos en el ejercicio del derecho. Hoy, lamentablemente, la arrogancia y la soberbia son características de muchos litigantes, que se creer los mejores desde todo punto de vista, muy por encima de sus colegas; consideran al adversario que les discute sus argumentos cómo un enemigo inmoral e inclusive hasta un delincuente, que no merece respeto y puede ser ofendido o humillado a capricho.
Inclusive, hay quienes incursionan en la academia no por el amor a la investigación científica o vocación docente, sino para esgrimir un título como certificado de superioridad intelectual. En este contexto el foro jurídico corre el peligro de convertirsem en una especie de cuadrilátero donde no se va a exponer razones en favor de los intereses que se defienden, sino a insultar y amenazar, que son las armas de la sin razón
Si queremos tener la idea de lo que sería el ejercicio ideal de la abogacía podemos leer nuevamente a Piero Calamandrei, que en la obra antes citada dice: “si un marciano viniera a la tierra y quisiéramos impresionarlo con algo de este mundo, deberíamos llevarlo a una sala moderadamente iluminada, alejada de los ruidos, en un rincón de un antiguo palacio señorial, con muebles y cuadros antiguos: una atmósfera de recogimiento y de respetuosa familiaridad; el presidente autoritario pero cortés ; los magistrados atentos a los discursos de los defensores, y hasta deseosos de escucharlos hasta el final; los abogados visten la toga con toda corrección, tranquilos y discretos en la discusión, ciñéndose a los temas esenciales, sin divagaciones inútiles ni modulaciones oratorias: convencidos ambos del fundamento de sus razones respectivas pero mutuamente respetuosos, sin aparentar nunca el deseo de dominar a adversario con su autoridad o su destreza. Al final, se saludan tranquilos y serenos, amigos como antes, entre sí y con los jueces. Sea cual fuera la sentencia - los jueces meditarán profundamente y resolverán -, cada uno de los defensores sabe que ha hecho lo que ha podido, sin faltar al respeto ni de los jueces, ni del adversario, ni de sí mismo tampoco, confiando únicamente en la fuerza de la razón, en esa virtud persuasiva que, entre los hombres civilizados, se dice que tienen las buenas razones honestamente expuestas por quien cree en ella. ¿Cuántos milenios se han necesitado para conseguir ese milagro? Creo que también el habitante de Marte lo admiraría (pero tiene que bajar a la tierra exactamente esa vez, una de cada 100 como ya lo he dicho)”
Lamentablemente esa situación ideal que plantea el maestro se produce una de cada 100 veces