El 30 de julio de 1981, formando parte de la promoción de abogados Sebastián Artiles, recibí mi título de abogado. Mi expectativa de vida en aquel momento era muy sencilla: trabajar, casarme y formar una familia. Así regresé a mi tierra guayanesa y ejercí la profesión 10 años, hasta que el destino me llevó al cargo de juez, que ejercí durante toda la década de los años 90, para posteriormente incorporarme a la fundación de la Universidad Católica Andrés Bello de Guayana, donde todavía me encuentro, como en una trinchera, desde donde veo las difíciles realidades de estos tiempos. Así pues, la abogacía ha ocupado parte importante de mi vida.
Pero la abogacía es mucho más que una profesión, es una manera de ver, entender y resolver los dilemas que producen los conflictos humanos, que no envejecen ni desaparecen. Prueba de esto, la tenemos en el libro El alma de la Toga de Ángel Ossorio, escrito en el año 1919, que cien años después sus reflexiones tienen vigencia. Dice allí entre otras cosas: “La abogacía no es una consagración académica, sino una concreción profesional… quien no dedique su vida a dar consejos jurídicos y pedir justicia en los tribunales será todo lo Licenciado que quiera, pero Abogado, no”.
Continúa Ossorio destacando lo que a su juicio son las virtudes del abogado: “En el Abogado la rectitud de la conciencia es mil veces más importante que el tesoro de los conocimientos. Primero es ser bueno; luego, ser firme; después, ser prudente; la ilustración viene en cuarto lugar; la pericia, en el último… No. No es médico el que domina la fisiología, la patología, la terapéutica y la investigación química y bacteriológica, sino el que, con esa cultura como herramienta, aporta a la cabecera del enfermo caudales de previsión, de experiencia, de cautela, de paciencia, de abnegación… Igual ocurre con los Abogados. No se hacen con el título de Licenciado, sino con las disposiciones psicológicas, adquiridas a costa de trozos sangrantes de la vida”.
Acertadísima opinión. Después de más de 40 años de ejercer el oficio desde diferentes posiciones, estoy convencido, de que la abogacía no se puede aprender si no se vive, y esto ocurre cuando se lucha con los monstruos que salen de lo más profundo de los corazones humanos. Actualmente, en las universidades se observa como crece el desinterés por la carrera de derecho, y dentro de estas, el menosprecio por el derecho procesal, como si los conflictos hubieran desaparecido del mundo contemporáneo. Es paradójico que los thrillers jurídicos ocupen las preferencias de la ciudadanía y el estudio del derecho pierda interés. Esto es un problema que abordaré en otro espacio, donde me ocuparé de la desorientación académica y el funcionamiento del Poder Judicial, porque la esencia de la abogacía permanece incólume, aunque persistan las dificultades que no dejan ver claramente su alma.
A lo largo de la vida, la idea que tiene el abogado de su oficio va cambiando. Primero toma conciencia de que el “vedetismo jurídico” no es inherente a la abogacía, donde muchas veces, en la búsqueda de la justicia hay que arriesgar el “prestigio personal ” y defender los derechos de su patrocinado sin importar el qué dirán. La abogacía no es para lucirse; si como consecuencia de la excelencia de su trabajo, el abogado destaca, muy bien, pero sin perder de vista los intereses de su representado. Lo segundo, es comprender a los justiciables, porque la perfección moral no es precisamente una característica de la naturaleza humana. En tercer lugar, después de varios años, mirando hacia atrás, acumulando sentimientos de alegría y tristeza, con aciertos y desaciertos, entender papel de la abogacía en la complicada comedia de la vida que, no es un oficio más, es una necesidad de las almas que sufren el dolor de la injusticia. Así la veo 41 años después.