sábado, 30 de julio de 2022

La abogacía vista 41 años después



El 30 de julio de 1981, formando parte de la promoción de abogados Sebastián Artiles, recibí mi título de abogado. Mi expectativa de vida en aquel momento era muy sencilla: trabajar, casarme y formar una familia. Así regresé a mi tierra guayanesa y ejercí la profesión 10 años, hasta que el destino me llevó al cargo de juez,  que ejercí durante toda la década de los años 90, para posteriormente incorporarme a la fundación de la Universidad Católica Andrés Bello de Guayana, donde todavía me encu
entro, como en una trinchera, desde donde veo las difíciles realidades de estos tiempos. Así pues, la abogacía ha ocupado parte importante de mi vida.

Pero la abogacía es mucho más que una profesión, es una manera de ver, entender y resolver los dilemas que producen los conflictos humanos, que no envejecen ni desaparecen. Prueba de esto, la tenemos en el libro El alma de la Toga de Ángel Ossorio, escrito en el año 1919, que cien años después sus reflexiones tienen vigencia. Dice allí entre otras cosas: “La abogacía no es una consagración académica, sino una concreción profesional… quien no dedique su vida a dar consejos jurídicos y pedir justicia en los tribunales será  todo lo Licenciado que quiera, pero Abogado, no”. 

Continúa Ossorio destacando lo que a su juicio son las virtudes del abogado: “En el Abogado la rectitud de la conciencia es mil veces más importante que el tesoro de los conocimientos. Primero es ser bueno; luego, ser firme; después, ser prudente; la ilustración viene en cuarto lugar; la pericia, en el último… No. No es médico el que domina la fisiología, la patología, la terapéutica y la investigación química y bacteriológica, sino el que, con esa cultura como herramienta, aporta a la cabecera del enfermo caudales de previsión, de experiencia, de cautela, de paciencia, de abnegación… Igual ocurre con los Abogados. No se hacen con el título de Licenciado, sino con las disposiciones psicológicas, adquiridas a costa de trozos sangrantes de la vida”.

Acertadísima opinión. Después de más de 40 años de ejercer el oficio desde diferentes posiciones, estoy convencido, de que la abogacía no se puede aprender si no se vive, y esto ocurre cuando se lucha con los monstruos que salen de lo más profundo de los corazones humanos. Actualmente, en las universidades se observa como crece el desinterés por la carrera de derecho, y dentro de estas, el menosprecio por el derecho procesal,  como si los conflictos hubieran desaparecido del mundo contemporáneo. Es paradójico que los thrillers jurídicos ocupen las preferencias de la ciudadanía y el estudio del derecho pierda interés. Esto es un problema que abordaré en otro espacio, donde me ocuparé de la desorientación académica y el funcionamiento del Poder Judicial, porque la esencia de la abogacía permanece incólume, aunque persistan las dificultades que no dejan ver claramente su alma.

A lo largo de la vida,  la idea que tiene el abogado de su oficio va cambiando. Primero toma conciencia de que el “vedetismo jurídico” no es inherente a la abogacía, donde muchas veces, en la búsqueda de la justicia hay que arriesgar el “prestigio personal ” y defender  los derechos de su patrocinado sin importar el qué dirán. La abogacía no es para lucirse; si como consecuencia de la excelencia de su trabajo, el abogado destaca, muy bien, pero sin perder de vista los intereses de su representado. Lo segundo, es comprender a los justiciables, porque la perfección moral no es precisamente una característica de la naturaleza humana. En tercer lugar,  después de varios años, mirando hacia atrás, acumulando sentimientos de alegría y tristeza, con aciertos y desaciertos, entender papel  de la abogacía en la complicada comedia de la vida que, no es un oficio más, es una necesidad de las almas que sufren el dolor de la injusticia. Así la veo 41 años después. 





 



viernes, 22 de julio de 2022

Kelsen, la autopista y la realidad de dos mundos

La justicia es la  adecuación del comportamiento humano a las normas del orden social. Eso decía el inevitable Hans Kelsen; para muchos, el mejor jurista del siglo XX. Y para él, el orden social no era otra cosa que el derecho positivo, que a su juicio diseña un mundo ideal: un mundo  donde los ciudadanos reclaman sus derechos, cumplen con sus deberes y se responsabilizan por lo que hacen. Un mundo hipotético que, perfectamente puede ser real si se toma conciencia del valor de lo justo, que cobra vida con el cumplimiento de la ley.

El problema es que no todos ven el mundo de igual manera. Alejandro Nieto, destacado Catedrático de Derecho Administrativo en España, en su libro,  El mundo visto a los 90 años. dice que: “el mundo social está desdoblado: Está por un lado, -el que debería ser,- el que se supone que es- un mundo ideal ( en cuanto irreal) en el que los ciudadanos son justos y benéficos, honestos, responsables de sus actos  y cumplidores de sus compromisos, fiables tanto por su temperamento como por la severidad de las normas que ordenan sus relaciones y a las que atienden puntualmente; …Ahora bien, por otro lado está el mundo real que es así como funciona: ni los individuos ni las instituciones se comportan como se dice. De hecho, el mundo social es engañoso y peligroso; nada es  lo que se aparenta; no es el reino de la justicia ni de la paz ni de la razón; los individuos singulares son o explotadores o explotados; cuando se pide igualdad y justicia se recibe en el mejor de los casos buenas palabras”

 ¿Cómo es realmente el mundo social? Debo reconocer que el mundo ideal de Kelsen está lejos de nuestra realidad, pero no estoy de acuerdo totalmente, con la imagen del mundo que describe Alejandro Nieto. Es verdad, las buenas palabras se utilizan para engañar y ocultar las injusticias, existen numerosos explotadores y explotados, la cotidianidad es muy peligrosa y hay que vivir  a la defensiva porque ni el derecho ni las instituciones garantizan la seguridad y la certeza que ofrecen. Pero no todo es así.

Sobre esto, medito todos los días cuando tomo la autopista para ir al trabajo. Mi primera impresión es que entré en un ambiente parecido al de Mad Max, furia en el camino: parece una competencia  por ir lo más rápidamente posible de cualquier manera; los límites de velocidad no se respetan, se adelanta por cualquier lado; igual se atraviesa un pequeño vehículo, que un camión o una cisterna de gasolina. Y que decir de los motorizados, parecen seres fantasmagóricos que aparecen inesperadamente por todas partes. Todo esto condimentado por la desaparición del Estado y la ausencia de sus autoridades. Decir que aquí está presente la idea de justicia de Kelsen es ingenuo y absurdo, porque el comportamiento humano se adecúa a cualquier cosa menos al orden establecido por las normas sociales. Sin embargo, siempre hay  motivos para la esperanza: hay quienes cumplen las reglas, moderan la velocidad, ceden el paso y con esa actitud hacen el tránsito más vivible y armonioso 

En el resto de la sociedad pasa lo mismo que en la autopista: ni el paraíso ni el infierno absoluto.  Hay mucha gente que cree que hay que vivir de acuerdo con la ley; otros que no se conforman con cumplirla, sino que trabajan para que cada vez su cotidianidad esté más ordenada. Y además, hay quienes dedican su vida para que  el ideal de un mundo justo no sea una realidad inalcanzable. 

Y si queremos contribuir con la construcción de ese mundo tan deseado,  podemos empezar tomando conciencia de que, con sus virtudes y sus defectos, entre las grandes  creaciones de la mente humana, está indiscutiblemente la ley.