No voy a opinar sobre una discusión que principalmente se desarrolla en términos irracionalmente maniqueos. Voy aprovechar la oportunidad para referirme a cosas que desafortunadamente parecen perseguir a los venezolanos, que ante la crisis de su país, salen a buscar futuro en el extranjero: el problema del costumbrismo, comentado por el historiador Israelí Yuval Noah Harari y la tesis de la Aporofobia que desarrolla la profesora española Adela Cortina. Estos pensadores contemporáneos al referirse al problema de la xenofobia u odio a los extranjeros, hacen una precisión sobre el origen de ese sentimiento, resaltando por una parte el costumbrismo, que es el rechazo a la manera de ser de algunas personas extranjeras y la Aporofobia qué es el rechazo al extranjero que no tiene dinero: el musiú pobre, como le decían cariñosamente en Ciudad Bolivar
En referencia al costumbrismo, me pregunto ¿qué es lo que molesta de la manera de ser del venezolano? Más allá del abucheo de galería ¿cómo nos ven los chilenos? Voy a citar, parcialmente la opinión de la famosa escritora chilena Isabel Allende, que ante la necesidad de salir al exilio después de la caída de Salvador Allende, decide radicarse a vivir en Caracas. En su libro, Mi país inventado, entre otras cosas escribe lo siguiente: para nosotros, que habíamos pasado por la crisis económica del gobierno de la Unidad Popular, en que el papel higiénico era un lujo, y que llegábamos escapando de una tremenda represión, Venezuela nos paralizó de asombro. No podíamos asimilar el ocio, el despilfarro y la libertad de ese país. Los chilenos, tan sobrios, tan serios, prudentes y amantes de los reglamentos y de la legalidad, no entendíamos la alegría desbocada ni la indisciplina. Acostumbrados a los eufemismos, nos sentíamos ofendidos por la franqueza. Éramos varios miles y muy pronto se sumaron aquellos que escapaban de la guerra sucia en Argentina y Uruguay. Algunos llegaban con huellas recientes de cautiverio, todos con aire de derrotados... No entendía el temperamento de los venezolanos, confundía su profundo sentido igualitario con malos modales, su generosidad con pedantería, su emotividad con inmadurez. Venía de un país donde la violencia se había institucionalizado, sin embargo me chocaba la rapidez con que los venezolanos perdían el control y se iban a las manos. No conocía a las costumbres; ignoraba, por ejemplo, que rara vez dicen que no, porque lo consideran rudo, prefieren decir "vuelva mañana"… en Venezuela, tierra espléndida de hombres asertivo y mujeres hermosas, me libré por fin de la disciplina de los colegios ingleses, el rigor de mi abuelo, la modestia chilena y los últimos vestigios de esa formalidad en que como buena hija de diplomáticos me habían criado. Por primera vez me sentía a gusto en mi cuerpo y dejó de preocuparme la opinión ajena.
Así describe Isabel Allende aquellos años 70 en la ciudad de Caracas, donde comenzó su carrera literaria con la Carta al Abuelo, que después se transformó en La casa de los espíritus, compartiendo con la gente venezolana, que con sus virtudes y sus defectos, era sincera, cariñosa y solidaria con las personas que llegaban de otros países. Cosa que ahora no encuentran fácilmente los venezolanos que emigran a otros lugares de este mundo ingrato y perverso.
El otro problema que debe enfrentar el emigrante de ahora es la Aporofobia, definida así por Adela Cortina: “en un mundo construido sobre el contrato político, económico y social, los pobres parecen quebrar el juego de dar y recibir, y por eso prospera la tendencia a excluirlos. El problema no es de xenofobia, puesto que la acogida entusiasta de turistas extranjeros contrasta con el rechazo de refugiados e inmigrantes. Hablamos de Aporofobia de rechazo al pobre. Es el pobre el que molesta, incluso el de la propia familia” En un espacio tan reducido no me voy a extender en el análisis de este tema, sobre el que hay que caminar con mucho cuidado para no resbalar; quien quiera tener mayor información le recomiendo la lectura del trabajo de Adela Cortina. Y destaco, que no me refiero a la naturaleza aporófoba de algunas normas de emigración o la conducta de las autoridades que las aplican, quiero llamar la atención sobre un problema moral, que se instala en la mente de quiénes no tienen autonomía de criterio ético, para comprender la satanización deliberada, de qué es víctima el emigrante pobre, que lo único que hace es buscar una mejor manera de vivir.
Ese es el drama de los emigrantes venezolanos: vivir con el riesgo y la angustia permanente de ser víctimas del rechazo, la humillación, el desprecio o la deportación. Una injusta situación, que no se merecen quienes nacieron en un país, que con gran generosidad acogió a gente de todas partes del mundo, permitiéndoles tener una vida digna, que ahora, las circunstancias parece negarle a los sufridos hijos de Bolivar.