En 1926, Piero Calamandrei, ilustre jurista italiano, publica una de sus obras más destacadas: Demasiados abogados; un trabajo donde el maestro denuncia la decadencia intelectual y moral de la abogacía italiana. En el capítulo XIX el autor recuerda con melancolía qué “un indicio de ese declive ético de los abogados italianos de aquel tiempo fueron las palabras de un inglés amigo de Italia, quien, hablando de varias profesiones ejercitadas por los italianos, se expresa de este modo: la más popular de las profesiones civiles es la de abogado; Italia está llena de abogados, de procuradores y de leyes. Pero desgraciadamente justicia, hay muy poca…”
Ese texto fue objeto de análisis en un reciente curso de ética profesional que dicté este verano en la Universidad Católica Andrés Bello. Allí, sin descubrir nada nuevo, se llegó a la conclusión de que el problema planteado en aquellos años, no solo se repite ahora, sino que se vive más intensamente: específicamente en Venezuela, hay más de 400.000 abogados y sin embargo la justicia siempre es vista como una asignatura pendiente que no se ha podido aprobar.
En medio del debate, surgió la siguiente pregunta ¿Puede sobrevivir la ética jurídica a la crisis moral del mundo contemporáneo? Las respuestas fueron variadas e interesantes y, lamentablemente, todas se inclinaron por considerar que las elogiadas virtudes que caracterizan a un buen abogado, naufragan fácilmente en medio de una sociedad líquida como la retrata Bauman, el ocaso del deber del Lipovetsky o las ideas posthumanistas de Peter Sloterdijk
Debo destacar como algo importante, que un curso formado por jóvenes estudiantes que todavía no han navegado las aguas del mundo judicial considere que poco puede hacerse ante la “normalización de la corrupción” que la sociedad acepta como cosa corriente y natural: hoy, para obtener algo, hay que proceder de manera inescrupulosa, prestando atención sólo al resultado, sin pararse a considerar la moralidad de los medios empleados para alcanzarlo. Esto, que según los cursantes abarca todas las actividades humanas, se pone en evidencia en un oficio donde se pregona la honestidad, pero en la práctica hasta los más elevados actores del mundo jurídico actúan de una manera diferente.
Regresando a Calamandrei podemos leer en la obra antes citada: “… aun habiendo muchos abogados y procuradores honrados y concienzudos, hay también muchos que para vivir se ven obligados a no tener ni una ni otra de esas cualidades”. Sin pretender dar lecciones de moral, ni plantear este tema con la intención de hacerme ver por encima de lo que aquí se denuncia, considero que es urgente aceptar que, casi cien años años después de la publicación del texto que inspira estas líneas, la abogacía venezolana no está a la altura de las exigencias éticas de su oficio, independientemente de que existan ilustres representantes del gremio.
Ante este oscuro panorama, no se puede esconder la cabeza y hay que llamar a las cosas por su nombre: es muy importante tener claridad de dónde estamos y hacia dónde vamos, porque lo que está en juegos es la existencia de la abogacía como oficio. Si el crecimiento de la población de abogados no mejora la calidad de la justicia, no nos extrañemos que en un futuro esta sea administrada por las máquinas. Y esto no es ciencia ficción; ya lo destaca Andrés Oppenheimer en su libro Sálvese quien pueda al referirse a los robots que pueden sustituir a los abogados y a los algoritmos que pueden reemplazar a los jueces.