martes, 31 de mayo de 2022

Para Anna María Guario, con cariño y agradecimiento desde la distancia


El día comenzó con una triste noticia: falleció Anna María Guario. La voz que durante muchos años sonó por los teléfonos de los Institutos de Estudios Jurídicos de todo el país, coordinando los cursos de postgrado que contribuyeron a elevar la cultura jurídica de los abogados del interior, quedará en el recuerdo de quienes aprendieron a apreciar su trabajo y su calidad personal. Y comienzo con esta afirmación inicial que a algunos puede parecer extraña, porque desde sus oficinas en Montalbán, además de la actividad que realizaba para esa sede, coordinaba y controlaba numerosos programas de postgrado que permitían al abogado de provincia, cursar especializaciones, en tiempos en que la comunicación globalizada de ahora no existía ni en sueños.

Gracias a su labor, los fines de semana, destacados docentes de Caracas y otros lugares del país, viajaban a dictar clases llevando con sus conocimientos valiosos aportes a la judicatura y a la abogacía de diferentes regiones. Hace algún tiempo, en un foro que se realizaba en la UCAB- Guayana, se dijo que la historia jurídica de la región tiene que dividirse en dos partes: antes de la llegada de los cursos de postgrado de la Ucab en el año 1989 y después de esa fecha; destacándose la valiosa tarea de Fernando Pérez Llantada S.J que dirigía esos estudios. En tal sentido, considero que igualmente, es justo mencionar que, era Anna María el brazo ejecutor de esa valiosa labor.

Pero ella era mucho más que una simple Directora - coordinadora; su atención y preocupación por los profesores era casi maternal. Cuando me correspondió dirigir los estudios de postgrado en Guayana, pude comprobar la forma como estaba pendiente de la atención que le daba a los docentes que llegaban los viernes al mediodía, para regresar a sus hogares al atardecer del sábado. En una oportunidad, se me ocurrió hospedarlos en el Centro de Liderazgo Nekuima, un lugar paradisíaco ubicado a orillas del río Caroní, especial para la meditación y el  recogimiento. El lunes ya me estaba llamando Anna María: “José Carlos, donde llevaste a los profesores; me dicen que hay unas monjas que los despiertan con una campana a las seis de la mañana”. Esta es una de las numerosas anécdotas que se puede contar de Anna María, que era bondadosamente rigurosa, cuidando hasta el último detalle de lo que estaba bajo su responsabilidad .

El triste día de su funeral, me acerqué al Cementerio del Este, y al entrar, sentí lo que dice Fernando Aramburu en su libro La Utilidad de las Desgracias: se percibía una especie de bondad ambiental compartida; en una capilla donde se realizaban las honras fúnebres a otra persona, unos músicos interpretaban en honor al difunto el tango de Gardel Por Una Cabeza, mientras los circunstantes que acompañaban escuchaban silenciosamente. Una escena de paz especial, que nada tenía que ver con la vida vertiginosa de la ciudad que estaba afuera. No me quedé mucho tiempo, porque como siempre, el deber esclaviza, pero fue lo suficiente para transmitir a sus familiares el  cariño y agradecimiento que le enviaban desde Guayana, donde siempre vivirá en el recuerdo de quienes la conocieron. Así somos. Es una lástima que lo que más nos humaniza llega en el momento de las despedidas 

En días pasados se celebró una misa por la vida de Ana Maria en la Capilla de la  Universidad Católica en Montalbán, su casa durante muchos años. Allí, su hermana comentaba la forma como había entregado su vida a la universidad. Y, pensaba yo, no solo a la universidad, sino a la abogacía del país. 


domingo, 29 de mayo de 2022

¿Es el Derecho una profesión inmoral?

Me ha llegado por las redes sociales un artículo escrito hace algún tiempo por el profesor Minor M Salas, titulado, ¿Es el Derecho una profesión inmoral? Un entremés para los cultores de La ética y la deontología jurídica. Sostiene el autor que, muchas recomendaciones de la deontología jurídica para formar buenos juristas son ingenuas e inútiles, porque no se puede formar moralmente a un profesional implementando simplemente códigos de ética. Y además, considera que, no se puede ejercer la profesión con parámetros estrictamente morales, concluyendo que el trabajo pretende dar pistas para combatir la inmoralidad intrínseca de la actividad jurídica. 

Como profesor de Filosofía del Derecho y Ética en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) me veo en la obligación de hacer algunas observaciones a los temas que aborda el citado texto, que insiste en poner el dedo en las llagas de la abogacía. Como la tarea no es sencilla, voy a dividirla en varios artículos que publicaré en este espacio dedicado -no ingenuamente- a la reivindicación de la abogacía. Por ahora, sólo me ocuparé de las afirmaciones sobre “la inmoralidad intrínseca de la abogacía” y “la ingenuidad de la deontología jurídica” 

Decir que la abogacía es una profesión intrínsecamente inmoral, es desenfocar la verdadera dimensión del problema de la ética profesional. Cito lo que al respecto escribe Eduardo García en una publicación de la UCAB sobre este tema en el año 2009. “El análisis de la ética profesional en el mundo de hoy debe hacerse desde diversas perspectivas. En primer lugar, hay que entender que antes que profesional o trabajador se es persona. En consecuencia los fundamentos básicos de las prácticas morales en el trabajo, se comienzan a construir desde la infancia. En este sentido resulta pertinente fortalecer la formación moral de niños y jóvenes , lo cual puede implicar un enfrentamiento con antivalores promovidos desde los distintos agentes de socialización (familia , escuela, medios de comunicación etc.)” 

En efecto, no se puede separar el estudio de la ética profesional, de la naturaleza moral del comportamiento humano que, guste o no guste reconocerlo, no vive sus mejores momentos. Ya lo advierte el sacerdote y educador Javier Duplá s.j, en un trabajo publicado por la UCAB en el año 2008, sobre los contextos éticos contemporáneos: “Esta breve introducción quiere llamar la atención sobre un hecho real: se multiplican los seminarios, las jornadas, las discusiones sobre la ética y sobre temas éticos conectados con las profesiones y en general con el vivir humano. Prueba de ello es el interés y el debate que despiertan temas como la clonación, el aborto terapéutico, las posibilidades de la ingeniería genética o la eutanasia. Algo parecido ocurre con las profesiones, algunas desde tiempos antiguos, como la medicina y el quehacer político. Para muchas de ellas se elaboran códigos deontológicos que luego quedan relegados al olvido… ¿Hay una conciencia creciente de que tal vez nos encontramos ante una situación global en que el comportamiento humano haga imposible la vida sobre la tierra y hay que evitar esta situación extrema?"

La pregunta que cierra el texto antes citado nos coloca en el meollo de la cuestión: el hecho de que en el ejercicio de la abogacía aparecen reiteradamente actuaciones deshonestas, no puede ser argumento para decir que la actividad jurídica es intrínsecamente inmoral. Tendríamos que preguntarnos, si no pasa lo mismo con otras profesiones: los comunicadores sociales que manipulan y comercian con la información, los médicos que no atienden a enfermos que no tienen recursos o los contadores que falsifican balances y asientos contables etc. Es imposible encontrar una actividad humana donde no esté presente la deshonestidad, y este es el drama de la ética profesional: evitar que la maldad humana contamine los oficios necesarios para resolver los graves problemas que debe enfrentar el hombre en el mundo contemporáneo. 

Sobre la afirmación de que los profesores de deontología jurídica pretenden – ingenuamente- dar lecciones de moral para formar santos, candidatos a la beatificación, la considero una exagerada deformación de la asignatura. Pienso que las deontologías entran en la categoría de “éticas mínimas”, dedicadas a los deberes que deben cumplirse para ejercer una determinada profesión. Aquí es donde está el problema y coincido con el autor del artículo: muchas veces, en vez enseñar el marco ético-normativo necesario para el ejercicio de la abogacía, se dedica el tiempo a disertar sobre abstracciones de filósofos o teólogos, incomprensibles para quienes han escogido la carrera de derecho. No es malo que el aspirante a graduarse de abogado, al estudiar la ética profesional, se lea la República de Platón o la Ética Nicomaquea de Aristóteles; si no lo hace igual puede ejercer, lo malo es que desconozca e incumpla los deberes que le impone el código de ética de su profesión. 

En este orden de ideas, creo que, como dice Duplá, lo malo es "relegar al olvido los códigos deontológicos". Y lo peor, es que tanto las universidades, como las instituciones gremiales encargadas de velar por su cumplimiento, les resten la importancia que tienen, que en definitiva, es la causa principal de que se generalicen los comportamientos inmorales en el ejercicio de las profesiones y especialmente en la abogacía. No obstante, hay que reconocer que no todos son indiferentes ante estos problemas, el abogado y profesor universitario Luis E. Queremel hijo de Raúl Queremel Castro coautor del Código de Ética Profesional del Abogado Venezolano, trabaja en un valioso proyecto de reforma del citado instrumento, que sin lugar a duda, se convertirá en un valioso aporte al mejoramiento de la abogacía. Sobre eso escribiré en los próximos artículos. 

Y termino, ni el derecho es una profesión inmoral, ni la deontología jurídica es una actividad ingenua. El derecho no es perfecto, pero es lo mejor que se ha inventado para ordenar las relaciones humanas. Y la deontología jurídica no es  una ingenuidad, porque aspirar a tener buenos profesionales es el deseo de toda sociedad organizada. Ante la denuncia constante de que abundan personas con títulos profesionales que en vez de enaltecer son la vergüenza de su profesión, hay que responder con la rima IV de Gustavo Adolfo Bécquer, “Puede no haber poetas, más siempre habrá poesía”