El día comenzó con una triste noticia: falleció Anna María Guario. La voz que durante muchos años sonó por los teléfonos de los Institutos de Estudios Jurídicos de todo el país, coordinando los cursos de postgrado que contribuyeron a elevar la cultura jurídica de los abogados del interior, quedará en el recuerdo de quienes aprendieron a apreciar su trabajo y su calidad personal. Y comienzo con esta afirmación inicial que a algunos puede parecer extraña, porque desde sus oficinas en Montalbán, además de la actividad que realizaba para esa sede, coordinaba y controlaba numerosos programas de postgrado que permitían al abogado de provincia, cursar especializaciones, en tiempos en que la comunicación globalizada de ahora no existía ni en sueños.
Gracias a su labor, los fines de semana, destacados docentes de Caracas y otros lugares del país, viajaban a dictar clases llevando con sus conocimientos valiosos aportes a la judicatura y a la abogacía de diferentes regiones. Hace algún tiempo, en un foro que se realizaba en la UCAB- Guayana, se dijo que la historia jurídica de la región tiene que dividirse en dos partes: antes de la llegada de los cursos de postgrado de la Ucab en el año 1989 y después de esa fecha; destacándose la valiosa tarea de Fernando Pérez Llantada S.J que dirigía esos estudios. En tal sentido, considero que igualmente, es justo mencionar que, era Anna María el brazo ejecutor de esa valiosa labor.
Pero ella era mucho más que una simple Directora - coordinadora; su atención y preocupación por los profesores era casi maternal. Cuando me correspondió dirigir los estudios de postgrado en Guayana, pude comprobar la forma como estaba pendiente de la atención que le daba a los docentes que llegaban los viernes al mediodía, para regresar a sus hogares al atardecer del sábado. En una oportunidad, se me ocurrió hospedarlos en el Centro de Liderazgo Nekuima, un lugar paradisíaco ubicado a orillas del río Caroní, especial para la meditación y el recogimiento. El lunes ya me estaba llamando Anna María: “José Carlos, donde llevaste a los profesores; me dicen que hay unas monjas que los despiertan con una campana a las seis de la mañana”. Esta es una de las numerosas anécdotas que se puede contar de Anna María, que era bondadosamente rigurosa, cuidando hasta el último detalle de lo que estaba bajo su responsabilidad .
El triste día de su funeral, me acerqué al Cementerio del Este, y al entrar, sentí lo que dice Fernando Aramburu en su libro La Utilidad de las Desgracias: se percibía una especie de bondad ambiental compartida; en una capilla donde se realizaban las honras fúnebres a otra persona, unos músicos interpretaban en honor al difunto el tango de Gardel Por Una Cabeza, mientras los circunstantes que acompañaban escuchaban silenciosamente. Una escena de paz especial, que nada tenía que ver con la vida vertiginosa de la ciudad que estaba afuera. No me quedé mucho tiempo, porque como siempre, el deber esclaviza, pero fue lo suficiente para transmitir a sus familiares el cariño y agradecimiento que le enviaban desde Guayana, donde siempre vivirá en el recuerdo de quienes la conocieron. Así somos. Es una lástima que lo que más nos humaniza llega en el momento de las despedidas
En días pasados se celebró una misa por la vida de Ana Maria en la Capilla de la Universidad Católica en Montalbán, su casa durante muchos años. Allí, su hermana comentaba la forma como había entregado su vida a la universidad. Y, pensaba yo, no solo a la universidad, sino a la abogacía del país.